CUANDO TODAVIA estaba en la escuela, las maestras organizaron un viaje a la represa de Salto Grande. En esos tiempos la represa era una obra en construcción.
Hasta último momento yo no supe si iba a ir, o no. Estábamos mal de plata y el viaje salía caro, por eso la confirmación de mi viaje demoró.
Mi escuela era un colegio de curas jesuitas al que iba en doble horario, entraba de mañana y salía al mediodía para volver a entrar más tarde. Generalmente almorzaba en la casa de mi abuelo. Mi madre consiguió lugar en el colegio gracias al Cura Director, uno de cejas anchas y muy espesas, que nos cobraba más barato. Ella entendía que era bueno que fuera allí porque me atendían y me mantenían ocupada durante las horas en que ella trabajaba. La escuela me gustaba, pero a veces —aunque aburrida—hubiese preferido quedarme sola en casa, porque con los niños y especialmente con las niñas que había en ella, pasé mal y fui muy infeliz.
Lo mismo sucedió durante el viaje a Salto Grande. Fuimos en un tren que salió de la estación y nos acercó muy lentamente, con un traqueteo constante y firme. Los asientos del vagón eran de madera y estaba tapizados con un cuero rojizo y brillante, eran duros y muy largos; un asiento se recostaba contra el otro, espalda contra espalda. El respaldo era alto y nos impedía ver a los compañeros que se sentaban detrás, de modo que teníamos que pararnos, o arrodillarnos sobre el asiento y estirar el cuello para responder a las bromas o a una burla.
Durante el viaje no podíamos abrir las ventanas del vagón porque la maestra tenía miedo de que asomáramos la cabeza y que justo viniera un tren "pegadito al nuestro" y se llevara la cabeza de algún niño; entonces, ella qué le diría a nuestros padres. Recuerdo el almuerzo de ese día. Nos habían indicado que lleváramos comida, y yo le dije a mi madre que iba a tener que darme algo. Mi madre siempre tuvo problemas para hacernos la comida, no se trataba de que no supiera cocinar, sino de que nunca tenía ganas, y entonces cuando lo hacía era tarde. Era cuando yo tenía que irme y me iba sin comer, o cuando por apurada comía la comida bien caliente. No me gustaba llegar tarde, entonces al comer me quemaba el paladar. Después tenía que andar con una ampolla reventada dentro de la boca, y esperar que el pedacito de piel que colgaba se cayera, y después esperar también que un nuevo pedacito me creciera para poder comer tranquila. Creo que como fruto de ese desorden alimenticio y de ese apuro hoy tengo una gastritis que me llena de aire la barriga.
En los días del viaje a Salto Grande todavía no tenía mi gastritis y podía comer cómodamente. Pero cuando estábamos en el tren sentados en los bancos grandes y serios que tenía, la maestra anunció que era la hora del almuerzo; yo estaba mirando para afuera y para adentro. Al oírla me acordé de la comida de mi madre, y de la caja de plástico cuadrada que con esmero ella había envuelto en una bolsa de nylon para mí. La caja de plástico tenía forma de valija, con dos broches blancos que hacían de cerradura y un manguito rojo. Era rosada y aun sin abrirla se podía ver, aunque borroso, lo que tenía adentro. Ese día no había mirado lo que llevaba la valija, ni había querido preguntarle a mi madre qué tenía; prefería despreocuparme y evitar que ella se angustiara con mis exigencias caprichosas. Pero cuando la maestra anunció que era hora del almuerzo, me acordé de los problemas de mi madre. Me preocupé, y permanecí sin movimiento, sin atreverme a tocar la bolsa en la que todavía estaba puesta la valija. Mis ojos se enredaron en los pastos que pasaban apurados al otro lado de las ventanas del vagón, mientras que mi atención quedó metida dentro de la caja de plástico cuadrada. Debo haber estado un largo rato así, mirando para afuera sin ver nada, sin saber lo que pasaba en ningún lado, porque cuando la maestra me preguntó si no comía, me sorprendí y no supe contestar; aturdida busqué la bolsa en donde estaba la caja. Después, al día siguiente, pensé que podría haberle dicho que no tenía hambre, haber mentido inventando cualquier cosa, pero no se me ocurrió, y además ella no me habría creído, habría insistido en que comiera como lo hacían los otros niños. Cuando intenté abrir la bolsa sufrí, porque el nylon hizo un ruido horrible que se extendió por el vagón. Miré a los costados, presintiendo las miradas de los niños. Al mirar, vi que ellos tenían la boca llena y que comían sandwiches, tortugas o alfajores. Mientras sus bocas se movían, sus ojos estaban fijos en mis manos y en la comida que mi madre preparó apurada esa mañana. Después de dar mil vueltas con la bolsa, saqué la caja esperando ver lo que traía, pero la tapa de la caja por adentro tenía pegadas montones de gotitas que no me dejaron ver lo que había. Supongo que la tapa goteaba sobre la comida, porque al abrirla noté enseguida que la comida estaba mojada. Era pascualina, con hojas verdes y dos capas de masa muy fina.
Mientras la boca de la compañera que se sentaba frente a mí se abría y se cerraba, mordiendo el refuerzo que ella disfrutaba como si fuera su última comida, yo me propuse terminar con mis temores y agarrar la pascualina. Pero al tocarla, los temores se me agudizaron y los problemas de mi madre se me hicieron aun más evidentes; la agarré con el mayor de los cuidados pero los dedos se hundieron rápido en lo verde. Cuando intenté llevar el pedazo hacia la boca, el relleno se escapó por el costado y las capitas quedaron colgando de mi mano. Aquella cosa era fláccida y mojada, débil y sin sabor. Encerré la mirada dentro de la caja y no paré hasta comer la cuarta parte del pedazo. Era horrible pero no lo podía demostrar. Comí con esfuerzo, buscando y no siempre consiguiendo que lo que se caía de mi boca o de mi mano cayera dentro de la caja de plástico cuadrada y no salpicara mis costados. Pero fue inútil dado que la mitad de un huevo chamuscado rebotó sobre el filo de la caja, y la parte blanca fue a parar a los pies de mi vecino, mientras que la mitad amarilla se metió entre yo y la niña que estaba sentada a mi lado. Después de eso comí lo más rápido que pude, e hice esfuerzos por no oír las risitas que venían de mis costados. Terminé casi con todo como si nada extraño sucediera, cerré la caja y la metí en la bolsa blanca de nylon. Después fijé mis ojos en el vidrio, y vi en la ventana el reflejo de todas las caras que me miraban desde el vagón susurrando chismes. Después de horas se callaron, jugaron a otra cosa y me olvidaron.
Ese día en el vagón que me llevaba a Salto Grande me apareció un dolor horrible, parecido al que ahora tengo por culpa de mi gastritis, y la barriga se me hinchó como la de una embarazada, y no tuve más solución que deslizarme hacia delante, para quedar lo más horizontal posible. Estuve respirando por la boca hasta agotar el aire que me había quedado adentro. En ese momento pedí llorando que abrieran la ventana, pero la maestra nos había advertido que las mantuviéramos cerradas, no fuera cosa que pasara un tren "pegadito al nuestro" y se llevara la cabeza de algún niño, entonces ella qué le diría a nuestros padres.
La autora
ALEJANDRA SUÁREZ nació en Montevideo en 1965. Estudió Arquitectura, e integró el taller literario de Mario Levrero durante dos años y medio. Su libro La mujer de la casa grande es la primera recopilación de sus relatos.