Fabio Guerra
CUALQUIER noticiero pone en evidencia que la humanidad juega a desaparecer, y en cualquier momento lo conseguirá. Por acto fallido, error o desesperación colectiva, dice Eugène Ionesco (1909-1994) en un libro de reflexiones contraindicadas para optimistas.
Consciente de lo ingrato que es acompañarlo a enfocar con una lupa los numerosos agujeros de la nave, se excusa confesando que no escribir es peor que hacerlo. Escribe contra el régimen soviético y sus adláteres, la utopía, los norteamericanos antinorteamericanos, la censura de algunos directores teatrales, los políticos, el mundo. A favor, solamente, de algunas circunstancias que considera inexplicables: su nacimiento, la existencia, la muerte.
COMBATE DE CONTRARIOS. De preguntas sin respuestas construyó Ionesco una dramaturgia y una vida. Las dificultades con el idioma inglés motivaron La cantante calva (1949), la conformidad automática del individuo contemporáneo —también denunciada por Erich Fromm— alumbró El rinoceronte (1959), y el totalitarismo el alegato antifascista de La lección (1951).
Tanto trabajó el rumano con el absurdo que terminó inventándolo, conquistándole un sitio en la historia estética y social del teatro. Con este instrumento desafinado, ríspido, molestó al vecindario europeo que pretendía descansar de la Segunda Guerra. Sus personajes denunciaron las estrechas relaciones existentes entre alienación y exterminio, entre surrealismo y pan cotidiano. La lógica, cuando aparece, es un placebo de la impotencia.
Coherente con esta obra, su pensamiento apunta a liberarnos de ingenuidades: dos siglos de revoluciones no han conseguido que el hombre cese de ser el peor enemigo de sí mismo.
¿No queda nada que hacer? El dramaturgo admite —y la psicología confirma— que somos resultado de antagonismos, del combate de contrarios. Por pocas que sean, hay sin embargo personas felices, anota el autor de Las sillas. "¿Son despreocupadas, indiferentes? Son a menudo aquellas que han sufrido más que las otras. Sí, hay esas personas benévolas que no saben odiar. A ellas se las odia también, porque los agitadores no quieren dejarlas en paz".
En una entrevista publicada en 1978 (en Tel Quel) Ionesco sostiene que nada lo desalienta, ni siquiera el desaliento. "Y sin embargo no creo en el futuro de la humanidad".
ESCRITORES OFICIALES. En la misma entrevista —que inaugura esta serie de reflexiones— ante la pregunta de por qué denuncia con tanto énfasis los horrores del Este y olvida los de la "esfera occidental", aclara que es sensible a la situación de todos los países, incluso Argentina y Brasil.
Recuerda a las personas asesinadas en Argentina por el grupo Montoneros y subraya que el antiterrorismo ha sido una respuesta muy dolorosa al terrorismo. Advierte que es natural su tendencia a prestar mayor atención a lo que ocurre en el Este porque recibe, en su residencia parisina, a muchos amigos polacos, rumanos —su tierra natal—, que le aportan información.
Si el socialismo y el liberalismo son inútiles, ¿qué sistema sirve?, le preguntan los periodistas Pierre-André Boutang y Philippe Sollers. Ionesco responde que no lo sabe y que lo único que puede hacer, en su simplicidad, es comprobar la esterilidad de ambos. "Lo que pasa en las ideologías nada tiene que ver con la realidad. Pienso en lo que pasa en la realidad", argumenta. "Cuento acontecimientos, hechos, y saco de ellos una consecuencia. Por lo demás, ustedes saben que ahora, mientras hablamos, el mundo está arrasado a sangre y fuego y les confieso que, a pesar de todo, yo mismo soy feliz cuando llega medianoche y puedo acostarme y dormir".
Aludiendo a la situación de los escritores en la Francia del momento, Ionesco denuncia que todos están obligados a formar parte de la Sociedad de Autores, por el monopolio que ésta ejerce. "Si usted no es un escritor oficial —ahora también existen escritores oficiales en Francia— no percibe sus derechos". Suprimir esta asociación le parece una buena idea al entrevistado. "Habiendo sido creada para proteger la libertad de los escritores, se ha vuelto en contra de ellos, según esa ley extraña por la cual todo lo que los hombres hacen se vuelve finalmente en su contra".
Los políticos, por su parte, desconocen la importancia de la cultura como último recurso para trascender miserias y reunir lo que la política ha disgregado. La cultura es lo que queda cuando todo ha sido olvidado y eso que queda es lo esencial. Los poetas son tan necesarios como los geómetras, o más, opina el dramaturgo.
Un orden justo es imposible sin la caridad y el amor. "Sé que esta palabra está desprestigiada, que las dos lo están; les ruego que no sonrían si las he pronunciado".
SUFREN PORQUE EXISTEN. En 1972, Ionesco pronunció el discurso de apertura del Festival de teatro y música de Salzburgo; este tipo de festivales constituye una especie de desafío a la angustia universal, dijo. Habló luego de la violencia, el odio, el genocidio, el miedo. Pensó, en voz alta, en qué medida pueden ayudarnos a vivir tantos cuadros, óperas, novelas, piezas de teatro, música, literatura, tratados de moral.
Nosotros todos, humanistas desde hace algunos siglos, hemos catalogado, puesto en fichas o en obras, nuestra dificultad de vivir y nuestros extravíos, comentó Eugène. "El arte contemporáneo es en gran parte el depósito, el museo de nuestras desesperaciones". No se hace buena literatura con buenos sentimientos, decía André Gide, y también podría decirse que no es con la felicidad con lo que se hace buena literatura. El arte, la literatura y el teatro no han respondido a nuestras nostalgias; sólo han amplificado, exacerbado nuestras pasiones, prosiguió el orador.
Desde el siglo XVII venimos abandonando preocupaciones espirituales y metafísicas, en aras de gozar el mundo. El problema esencial, el de los fines últimos, es el gran olvidado, y por eso no hay norte. Habrá que aprender de nuevo la admiración, sugiere Ionesco. En cuanto a ponerse en el lugar del prójimo cita una escena con su esposa. Estaban mirando la televisión y ella se duerme sobre su hombro, la boca entreabierta. "Toda la dificultad de vivir, toda la dureza de la existencia se expresaba en su rostro. Tuve una gran piedad de ella y por ella, a través de ella, de todos los seres que sufren porque existen (...) ¿Amaría uno a las personas que no sufrieran?"
ESPACIO Y SUEÑOS. En otro reportaje publicado en Le Figaro (10/2/79), le preguntan a dónde va el teatro en crisis. Contesta que cuando ve una puesta en escena de Strehler, queda deslumbrado por su perfección y a la vez intimidado. El perfeccionismo, el exceso de teatralidad es la muerte del teatro, señala. "En nombre de la vida, de las pasiones vivientes, de la inspiración, en nombre del derecho a la torpeza, creo un deber combatir la perfección o, mejor dicho, el perfeccionismo. ¿No era combatir el arte la apuesta de los dadaístas?"
Los sueños son materia tanto de análisis como de creación para el rumano. Al punto que los convierte en monólogos y escenas teatrales incluidas en este libro. Cuando vuelve sobre el material onírico en el capítulo Acontecimientos inexplicables que me han sucedido, anota que los que más conocen del asunto son los psicólogos. En Occidente es imposible creer en sueños —agrega— porque para los occidentales los acontecimientos ocurren en el tiempo. Hay un antes y un después, causa-efecto. Los orientales, en cambio, ven las cosas en un conjunto de correlaciones, de significados. Esta forma distinta de ver el mundo y, por ende, de explicarlo, es válida al interior de ese sistema, a su vez inserto en determinado complejo cultural.
Para admitir algunos fenómenos incomprensibles para la mentalidad occidental, haría falta sustituir el pensamiento histórico, causal, por un pensamiento e imaginación espaciales; una figuración espacial, no temporal, aventura Ionesco. "Si pudiéramos no historiar tendríamos otra figuración del mundo, porque toda figura está en el espacio: una explicación no causal del mundo". Hasta que arriben esos nuevos puntos de vista, parece proponer Ionesco, manejémonos con el absurdo.
EL HOMBRE CUESTIONADO. Eugene Ionesco (Traducción de José Bianco). Emecé Editores, Buenos Aires, 2002. Distribuye Planeta, 240 páginas.