Sucesión de un atleta de la Iglesia

Mario Trajtenberg

El 19 de agosto de 1914, l’Osservatore Romano, diario oficial del Vaticano, publicaba un virulento editorial donde se amonestaba a las personas que el día anterior habían osado decir que el papa Pio X tenía un resfrío. Menos de 24 horas más tarde, el Papa estaba muerto.

Esta ha sido siempre la línea oficial: el que manda tiene plena autoridad, sin menoscabos de salud, hasta que se va al otro mundo. De la salud de Juan Pablo II ha estado hablándose desde que sufrió un atentado en 1981. Hace ocho años, por lo menos, empezó a especularse sobre su posible sucesor. Oficialmente la especulación no está autorizada, sobre todo por el núcleo de prelados cercanos al pontífice, que tienen razones tácticas para escudarse en su capacidad de mando. Sin embargo, un Papa tan viajero y tan accesible a las cámaras de televisión no puede ocultar los síntomas de la vejez y de otros males menos graves. Habitualmente el reinado de los pontífices sólo termina cuando fallecen. Pero en el caso de Juan Pablo II, ha podido evocarse la posibilidad de que renuncie por razones de salud.

De modo que no es un atrevimiento plantearse ya preguntas sobre su sucesión. Para los muchos millones de hombres y mujeres que aceptan la autoridad del jefe de la Iglesia, es un tema que en definitiva afecta no sólo su manera de vivir la fe religiosa sino las cuestiones más íntimas de la vida privada, que no escapan a los pronunciamientos papales.

EL FUTURO DE LA IGLESIA. El primer papa no italiano en varios siglos, Karol Wojtyla, llegado al cargo en 1978, no conformó a quienes esperaban de él una continuación del "aggiornamento" inaugurado por el concilio Vaticano II, aunque seguramente otros rasgos de este atleta de la Iglesia —su valentía, su espiritualidad, su pasión por la labor pastoral— colmaron la esperanza de sus electores y de muchos fieles.

De los libros que se han publicado en inglés sobre su sucesión, el de John L.Allen es el más reciente y el más completo. Expone así los temas que, como verdaderas fallas geológicas, dividen a los candidatos al futuro pontificado:

—Colegialidad. Una de las innovaciones espectaculares del concilio fue devolver a los obispos y a la iglesia, entendida como la comunidad de fieles, la autoridad tradicionalmente conferida al pontífice y a la curia vaticana. Pero en sus textos litúrgicos, en particular la carta pastoral Apostolos suos de 1998, Juan Pablo II ha dado marcha atrás en este proceso, restando autoridad teológica a los obispos.

—Ecumenismo. Uno de los frentes abiertos por el Concilio fue la coexistencia entre las distintas confesiones cristianas. A pesar de sus múltiples viajes al mundo ortodoxo y los países del Islam, a pesar de sus gestos de arrepentimiento hacia el judaísmo, Juan Pablo II mantiene una posición considerada dictatorial, por ejemplo en lo relativo a la confesión anglicana: en su visión, la iglesia católica no debe ser vista como "hermana" de las otras sino como su madre.

—Globalización, pobreza, justicia. Quizá el terreno más sensible para la opinión exterior a la iglesia. Como ha dicho un teólogo jesuita srilankés, Aloysius Pieris, el próximo Papa tendrá que dar voz a "la protesta de la mayoría oprimida contra el imperialismo deshumanizante del complejo Banco Mundial-FMI, que permite a los países ricos (...) negar continuamente los derechos económicos de 4/5 de la población mundial".

—Bioética, sexualidad, familia. Juan Pablo II ha mantenido una posición netamente conservadora en todo lo que tiene que ver con el acceso de los divorciados a los sacramentos, el control de la natalidad, el aborto y las técnicas de fertilización asistida.

—Mujeres, laicado. Ha sido terminante su oposición al ingreso de las mujeres al sacerdocio y a la abolición del celibato eclesiástico, es decir los dos recursos que se han avanzado como una cura radical para el envejecimiento del clero y la escasez de nuevas vocaciones.

PLEGARIAS BAJO LLAVE. La sucesión papal será decidida por un "cónclave" de cardenales, es decir por un grupo de prelados que fueron designados en su gran mayoría por el actual Papa, y que debatirán encerrados bajo llave, lejos de la mirada indiscreta de seis mil periodistas. La expectativa es muy grande, y se sabe que la CBS ha pagado 180.000 dólares por el uso de una terraza que le ofrece una visión despejada sobre todo lo que ocurre en el Vaticano. Los cardenales del cónclave no pueden revelar nada sobre los votos sucesivos. Pero los que tienen más de 80 años, excluidos ahora del debate y de las candidaturas, funcionarán presumiblemente como una fuente de opinión y de chismes.

El colegio cardenalicio incluye un grupo de conservadores, encabezados por el alemán Joseph Ratzinger, jefe de la Congregación por la Doctrina de la Fe desde 1981. Este "partido" se opone a las innovaciones litúrgicas, que después de treinta años aún no se han arraigado plenamente. Combate el "relativismo" de la enseñanza moral de la Iglesia y la secularización, ve con mucho recelo la militancia del Islam y aboga por la proclamación de verdades impopulares, por ejemplo que la homosexualidad es perversa, o que las familias de un solo progenitor son indeseables. Los aliados de Ratzinger en este grupo incluyen a muy pocos papables, como el joven Christoph Schönborn (Austria, 57 años).

Lo que Allen llama el partido de "la sal de la tierra" incluye a cardenales que creen con fervor en la acción de la iglesia en el mundo. Tiene dos alas: una derechista o "integrista", que predomina en Italia, España y América latina, y que tiene un antecedente notorio en la simbiosis entre iglesia y Estado bajo el gobierno de Franco. Cuenta con algunos adherentes entre los cardenales estadounidenses, y en México con Norberto Rivera Carrera (60 años).

El ala izquierda o liberal está compuesta por cardenales preocupados por cuestiones de justicia social y económica como el pago de la deuda, la "globalización" y la igualdad racial. Basándose en el Evangelio buscan las causas de la pobreza, el hambre, el analfabetismo y la enfermedad. Dentro de esta tendencia se encuentra el arzobispo de Tegucigalpa, Oscar Andrés Rodríguez Madariaga (59 años). Al elaborarse en Génova el año pasado el "manifiesto católico" con motivo de la celebración de la cumbre G-8, se escuchó una resonante declaración del arzobispo de Génova, Dionigi Tettamanzi (68 años), cardenal papable, por otros conceptos más cercano al ala conservadora.

APUESTAS EN LA WEB. La tendencia liberal incluye a un cardenal africano, Wilfrid Fox Napier (61 años), no muy conocido pero carismático y embanderado en la defensa de la colegialidad y la autonomía de los obispos.

La colegialidad y la reforma de la curia vaticana figuran en el primer lugar de las preocupaciones de un "partido de la reforma", el tercero de los grandes grupos, defensor de las iniciativas locales en materia de liturgia y catequesis. Su estandarte sigue siendo el concilio Vaticano II y por consiguiente se ha atraído la hostilidad de la curia romana. El líder natural de este grupo es, a los 96 años, el cardenal austríaco Franz König, y entre sus integrantes papables se cuentan los alemanes Walter Kasper (69 años) y Karl Lehmann (66). La estrella del grupo es el belga Godfried Daneels (69 años), buen conocedor de los medios de prensa además de las dotes intelectuales y pastorales que posee.

Aparte de los nombrados, otros cardenales papables ofrecen interés y podrían aparecer al menos en las primeras votaciones: Roger Etchegaray (Francia, 79 años), descentralizador y hábil diplomático; Cláudio Hummes (Brasil, 67 años), defensor del movimiento Sin Tierra y buen candidato latinoamericano de compromiso; Jean-Marie Lustiger (arzobispo de París, 75 años), un intelectual de origen judío; Jaime Lucas Ortega y Alamino (arzobispo de La Habana, 65 años), conciliador entre los cubanos de la isla y los del exilio; Giovanni Battista Re (italiano, 68 años), veterano de la curia, personalidad atrayente y trabajadora.

El sumo pontífice es elegido en principio por una mayoría de dos tercios. De acuerdo con la nueva norma dictada por Juan Pablo II, si no se llega a un resultado en tres días se hace una pausa de un día y se toman siete votaciones más. El procedimiento se repite hasta completar aproximadamente treinta votaciones o doce días, después de lo cual, si todavía no hay resultado, el cónclave puede decidir una elección por mayoría simple.

Ahora que no es obligatorio elegir a un candidato italiano, se pronostica un cónclave largo (a pesar del encierro con llave, calculado para apresurar la elección) que dará tiempo a los 120 miembros del colegio a conocerse. Los pronósticos no son nada fáciles y hasta hay un sitio web (www.paddypower.com) que toma apuestas sobre el vencedor.

CONCLAVE: THE POLITICS, PERSONALITIES, AND PROCESS OF THE NEXT PAPAL ELECTION, por John L.Allen Jr. New York, Doubleday, 2002. 232 págs.

THE NEXT POPE, por Peter Hebblethwaite. San Francisco, Harper, 1995. 186 págs. (existe una edición posterior más completa).

PASSING THE KEYS, por Francis A. Burkle-Young. New York, Madison Books, 1999, 522 págs.

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