Responsabilidad de gobierno

FRANCISCO FAIG

Hay una forma del ser nacional que viene ganando terreno y sobre la que vale la pena detenerse en esta última reflexión del año. Se trata del asunto de la responsabilidad. Nos cuesta percibirla; exigirla; sancionarla, cuando se cumple mal.

Pasa con la mugre de Montevideo. El principal responsable de una ciudad por doquier sucia y maloliente es el servicio público de limpieza. Se sabe, es de una ineficiencia tremenda. Pero en la cultura nuestra se insiste con que los montevideanos no colaboran con la limpieza, cuando, en realidad, el problema sustancial es que el gobierno no cumple con su responsabilidad.

Pasa con la inseguridad pública. Nuestra cultura tiene el reflejo de preguntarse qué nos está pasando; por qué estamos más violentos. Pero, ¿quién ha sido el responsable del hacinamiento carcelario, de la impunidad y de las miles de fugas de los menores infractores, y de la extensión de la justificación del delito por razones sociales? El gobierno de izquierda.

Pasa con la educación pública. Sabemos que es deficiente. ¿Pero es culpa de la sociedad? No. Hay un gobierno con mayoría, que fue votado para mejorarla y que tiene recursos para ello. Simplemente, es incapaz de hacerlo. No cumple con su deber.

Pasa con la falta de inversión en infraestructura. Se creó en 2011 un instrumento de participación público- privado. Pero, hasta ahora, no hay nada relevante construyéndose desde allí (ni de ninguna otra forma). ¿De quién es la responsabilidad por la lentitud y la desidia? Del gobierno.

Pasa con la relación con la Argentina. No hay dragado del canal Martín García; no hay difusión de resultados de la contaminación del río Uruguay; no hay voluntad de agrandar el puerto de Nueva Palmira para no molestar a Buenos Aires; no hay gasificadora conjunta; no hay certeza de que el tratado tributario no termine siendo un instrumento al servicio de intereses políticos del gobierno peronista. Y todo eso, ¿es por causa de la prensa o de la oposición? No, es por exclusiva responsabilidad del gobierno y su terco camino de conducción ideológica de la política exterior.

El talante presidencial es la perfecta ilustración de esta irresponsabilidad gubernativa. Con franqueza muchas veces reconoce estar desbordado por problemas concretos y no saber qué hacer. Pero la opinión pública no sanciona duramente el reconocimiento de esta ineptitud. Es más: la acepta con ovina resignación.

Es que nuestra sociedad, hoy, no quiere asumir que el gobierno está para conducir, enfrentar y resolver problemas, y que se le paga para eso muy buenos salarios. Aquí asoma cierta pérdida de nuestro sentido democrático como sociedad. Porque el acuerdo sustancial que da sentido al vivir en democracia es que, justamente, las autoridades deben actuar y no resignarse ante el infortunio, como si se tratara de un designio divino contra el que nada se puede.

La clave es que la cultura hegemónica de izquierda prefiere suspirar resignada antes que aceptar el cambio de partido en el poder. Prefiere hacer como que la responsabilidad de gobierno no existe, para evitar dolores de cabeza en el comité (no vaya a ser que alguien pueda pensar mal y crea que uno está contra el Frente).

Los asuntos públicos dependen de los representantes del pueblo. Si no hay buena respuesta, hay que buscar una alternativa eficiente. Está en nosotros, en los representados, exigirla. Feliz 2013.

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