Crónica de adolescentes y experimentos con la forma

Estreno. Llegó en DVD "Paranoid Park" de Gus Van Sant

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GUILLERMO ZAPIOLA

Cualquiera diría que hay dos cineastas llamados Gus Van Sant. Uno es un fabricante de cine rutinario. El otro es capaz de hacer películas como "Paranoid Park", que ha salido directamente en DVD.

Lo curioso es que al rutinario lo estrenan en cine y hasta tiene éxito de público y lo premian. Es el que hizo, por ejemplo, En busca del destino (1997), con Matt Damon y Robin Williams, la fotocopia en colores de Psicosis (1998) o la mediocre Milk (2008), misterioso Oscar a un libreto cuyo maniqueísmo era digno de Las boinas verdes (1998) de John Wayne (Sean Penn no estaba mal, aunque darle un segundo Oscar haya sido un exceso).

El otro Van Sant (o el mismo) es más interesante. Es el autor de películas independientes como la historia de los dos "taxiboys" de Mi mundo privado (1991), la ácida comedia negra sobre los medios de comunicación de Todo por un sueño (1995) o le perturbadora crónica de una masacre estudiantil de Elefante (2003).

En esa segunda categoría de films, a la que pertenecen igualmente la crónica minimalista de Gerry (2002) o la desesperación suicida de Last Days (2005), que se inspiraba libremente el drama de Kurt Cobain, se ubica Paranoid Park, otro retrato de adolescencia confundida (Elefante también lo era) que encuentra el adecuado lenguaje cinematográfico para expresar esa confusión.

Una película no es su argumento, y esta menos que muchas otras, pero se puede intentar contar Paranoid Park señalando que se trata de las experiencias vitales de un hijo de padres separados (Gabe Nevins), apasionado por "skate", que mata accidentalmente a un guardia del parque cerca del cual suele practicar su deporte favorito.

"Se trata de Crimen y castigo con skates", ha dicho su director. Pero hay en el film rasgos del Van Sant más experimental, el mismo que observaba sin juzgar (y concentrando el punto de vista) a los personajes de Gerry, el mismo que en Elefante mantenía en foco a sus estudiantes asesinos mientras difuminaba el entorno para subrayar su alienación, el mismo que en Last Days se negaba a proporcionar explicaciones fáciles a la decisión de Kurt Cobain (o su "alter ego") de quitarse la vida.

No el argumento, entonces, sino la puesta en escena: poco diálogo, planos secuencia que siguen el vagabundeo de sus personajes, tomas cercanas que buscan de pronto un detalle o una revelación, imágenes en "cámara lenta" que registran las piruetas de sus "skaters". Un universo de sensaciones más que el relato de una historia coherente, como si el director hubiera tomado un argumento convencional y hubiera decidido, deliberadamente, romperlo en pedazos y luego recomponer el rompecabezas.

Hay talento en ese rompecabezas, una de cuyas virtudes es la brevedad. La película dura menos de ochenta minutos, demostrando que en cine, como en otros medios, menos puede ser más: se concentra en sus personajes, apela a sus recursos de cámara y montaje para comunicar mediante mecanismos exteriores una turbulenta interioridad, y cuenta con un eficaz elenco de rostros poco conocidos para dar vida a sus desorientados agonistas. A veces naturalista, a veces onírica, la película se niega a las convenciones y puede dejar afuera a una parte de su público. Entrar puede ser interesante, sin embargo. Premio "Sesenta Aniversario" en Cannes.

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