JORGE ABBONDANZA
Una exposición de fotografías de Gustavo Guarino, titulada "Calma y misterio", puede verse hasta fin de mes en la sala y el patio del Palacio Santos (Ministerio de Relaciones Exteriores), Cuareim casi Colonia, de 10:30 a 18:30 horas.
Hay algo suntuoso en el blanco y negro de las fotos de Gustavo Guarino, un paisajista que maneja sus temas con intensidad para medir el juego de luces y sombras que cae sobre ellos. Los reviste con la potencia de un negro profundo o los ilumina con el destello de zonas radiantes, dos planos que sabe recortar y contraponer con un relieve a veces espectacular. Esa sensibilidad para el claroscuro se extiende a las finezas con que trata los grises, que en ciertas obras están delicadamente graduados y se suman a las otras riquezas tonales, demostrando que un fotógrafo no necesita recurrir a la imagen cromática para ser un valioso colorista, sin salir de la órbita severa del blanco y negro.
Durante el primer siglo de su historia, la fotografía se desarrolló sobre esa restringida paleta de modo casi excluyente (excepto las fotos coloreadas a mano), hasta que el avance de la técnica, las preferencias de la publicidad y el cine comercial comenzaron a incursionar en la inevitable popularidad de la película multicolor, que a la novedad del recurso sumaba la posibilidad de reproducir todo el espectro visual de la realidad. Sin embargo el blanco y negro no perdió su seducción, que en fotografía se parece a las sutilezas con que el dibujo o el grabado exploran esa misma dualidad para sus tintas.
Mucha gente considera que el cine en blanco y negro tiene una calidad de imagen y un tipo de belleza que parecen insustituibles para abordar ciertas materias dramáticas, a las que esa categoría fotográfica se adapta como un guante. Sucede lo mismo en el caso del arte fotográfico, sobre todo cuando un operador como Guarino le extrae los lujos con que sabe revestir una imagen y atraparla en el instante en que la luz le otorga su mejor perfil o la fugacidad del momento en que un impacto sobre la superficie del agua dibuja un círculo perfecto. Este fotógrafo elige sus temas como lo haría un pintor abstracto, despreocupado de la anécdota pero atento al valor de algunas líneas diagonales o al interés formal de un volumen. Arma con ellos algunas composiciones de despejada sencillez, como el pilar para amarrar embarcaciones, la cuadrícula de una malla metálica o el haz de rectas de un montón de vigas.
Conviene reparar en la gracia de los títulos que el artista eligió para sus obras, porque eso lo muestra además como un saludable enemigo de la solemnidad. Al margen de todo ello, Guarino administró durante años la pequeña librería La Lupa de la calle Bacacay, en cuya minúscula sala de exposiciones respaldó la actividad de numerosos plásticos con el mismo ojo afinado que le sirve para empuñar la cámara.