TATYANA
Ficha
Creación, dirección y coreografía: Deborah Colker. Director ejecutivo: Joao Elias. Dirección de arte y escenografía: Gringo Cardia. Iluminación: Jorginho de Carvalho. Dirección musical: Berna Ceppas. Vestuario: Fabia Bercsek. Video: Paulo Severo. Bailarines: Aline Machado, Ariate Costa, Bianca Lopes, Bruno Miranda, Carlos Eduardo Olivera, Carol Pagano, Dielson Pessoa, entre otros. Sala: Solís. Última función: Hoy a las 21 horas. Entradas: $ 950, $ 750, $ 550, $ 350, $ 150 (en la sala y Red UTS).
Las enormes expectativas que sembró este espectáculo fueron cumplidas con creces. De hecho, el hall del Solís desbordaba en la función de estreno, el pasado martes, con mucha gente joven, con artistas de diversas ramas, y mucho entusiasmo por lo que se estaba por ver. Luego de dos actos de unos 50 minutos, con un intervalo de 20, el público aplaudió de pie a la gran coreógrafa brasileña y su magnífico equipo. Hoy dará la función de despedida, que se agregó dada la gran demanda de entradas. El público sabe qué hay de bueno en la cartelera de espectáculos.
Una de las características de los trabajos de esta compañía es que son muy distintos unos de otros. O sea que quienes ya habían visto los espectáculos anteriores, se sorprendieron como si fuera la primera vez que veían a Deborah Colker.
Los dos actos, además, son muy distintos entre ellos, pese a guardar una gran coherencia de conjunto.
En todos los órdenes sorprende Tatyana. En primer lugar, en el físico de los 18 bailarines y sus posibilidades técnicas. Cuerpos perfectos, capaces de seguir las indicaciones del coreógrafo más exigente.
Luego, el trabajo coreográfico de la propia Colker, en consonancia con la escenografía, la iluminación, las proyecciones digitales y demás rubros, música incluida obviamente.
Un gran árbol preside la escena en el primer acto. De él se cuelgan los bailarines, sobre él se sientan, allí bailan, saltan de una rama a otra.
El recurso permite dar al conjunto del espectáculo una gran verticalidad, ocupando la altura del escenario. Eso da un efecto de monumentalidad, más allá de los aspectos simbólicos, que remiten a la naturaleza. Sobre la obra de uno de los mayores escritores románticos, Pushkin, se inspira esta obra: de Eugene Oneguin toma a sus cuatro protagonistas, para contar una historia de amor (y muerte) en la que no faltan episodios dramáticos.
La coreógrafa multiplica a cada uno de los protagonistas, jugando a desplegar a cada personaje en varios bailarines. Colker juega además con pocos pero precisos elementos de utilería: plumas, bastones, abanicos, galera: cada elementos es manejado de modo de multiplicar la poesía y el poder simbólico.
El primer acto es muy físico, corporal. El segundo acto cambia completamente de tono, de escenografía, de ambiente. El árbol desaparece para dar paso a un impresionante trabajo de tecnología digital. Tal como sucedió con la ópera Orfeo y Euridice, que la Fura dels Baus presentó en esa sala a fines del año pasado, la sincronía entre luz y sonido fue enriquecedora. Y en ambos espectáculos, el recurso sirvió para apoyar el trabajo de los intérpretes, sin eclipsarlo.
En la música también se expresó la originalidad del grupo y su capacidad para mezclar lo clásico con el presente. Rachmaninov, Tchaikovsky, Stravinsky y Prokofiev, fueron de la mano de sonidos extraños, música contemporánea y toda una batería de efectos acústicos muy rica, imposible de descifrar sonido a sonido.
El acto segundo (sin duda el mejor) tiene sorpresas visuales poco comunes. Ofrece un juego de veladuras sorprendente, en el que está muy bien calculado lo que capta el ojo del espectador. Por esto y mucho más, el público aplaudió a rabiar, agradecido. En la platea se encontraba la bailarina y coreógrafa uruguaya Graciela Figueroa, a quien Colker siempre ha considerado su maestra.