Dos exposiciones se mantienen en el World Trade Center. Una individual de Gastón Izaguirre en la Torre I, y otra colectiva en la Torre III, organizada por Galería Contemporánea con obras de Carlos Musso, Ernesto Vila, Carlos Barea y Carlos Seveso.
Hay que acostumbrarse a los nuevos itinerarios en materia de artes visuales. Una de las escalas en esa ruta es ahora el World Trade Center, ese grupo de torres que se alza junto al Montevideo Shopping Center. En el hall de acceso de dos de esos edificios está habilitado un par de muestras. Por un lado, la individual del pintor Gastón Izaguirre, que mantiene una paleta fulgurante para bañar el gran formato de trabajos presididos por figuras femeninas. Esas siluetas distorsionadas por un enfoque de intencionado humorismo, que hipertrofia las cabezas y minimiza los cuerpos, delata la mirada irónica del artista y remite a la humanidad desbordante de las criaturas de Botero o de Clarel Neme, cuyos personajes falsamente angelicales ocultaban un trasluz perverso por detrás de su ufana opulencia.
Izaguirre sin embargo invierte esos modelos, como si operara al revés, porque en sus anatomías solo se dilatan los rostros, hasta dominar la superficie de cada obra con el monumental gesto de asombro que no varía a través de la serie. Lo que cambia, más allá de esas escalas, es la circunstancia que rodea a cada ejemplar, donde el pintor desliza ideas menos inofensivas que el encanto anecdótico de la mujer que baila o la que recoge flores, y más punzante que el velo satírico de otras. Porque una de sus figuras mantiene un delicado equilibrio sobre la cuerda floja y otra ofrece sus nalgas para el látigo, aludiendo a tantas formas de la inestabilidad, la violencia o la perversión sin perder la envoltura de tramposo candor que las recubre. En el doble filo de esa lectura radica el interés de la muestra y el verdadero alcance del lenguaje del expositor.
ANIVERSARIO. En los espacios de acceso a la flamante Torre III, la Galería Contemporánea celebra sus 30 años de actividades con una exposición conjunta de cuatro plásticos de primer orden. Se trata de cuatro personalidades con sellos muy dispares, cuya suma refleja el peso y la intensidad expresiva que puede asumir la pintura actual en este país. Un formidable tríptico de Carlos Musso despliega un bodegón apenas insinuado en su malla de líneas, chorreaduras y manchas, donde la figura humana (y los objetos circundantes) se adivinan apenas, obligando a rastrearlos entre las turbulencias de la composición, como en el agitado mapa de una realidad que devora lo que habita en ella. El efecto es de un poderoso dramatismo y una envidiable energía de formulación, y en esa marea la presencia humana se oculta (o se pierde) igual que en los diagramas de Rauschenberg.
Los tres cuadros de Carlos Seveso son ejercicios de serena maestría, ya sea que contengan un relato (como el del avión) o que lo omitan (como en el tejido de líneas verticales), porque en todos los casos el artista ha llegado a manejar sus medios con la sensación de un apaciguamiento y una expresividad sosegada que son signos de una definitiva madurez. Los estampones de Carlos Barea, como el rotundo homenaje a Picasso o la figura frontal que recuerda a las imágenes ensimismadas de Cabrerita, son el resultado de una depuración formal que se ha quedado con las herramientas indispensables para mantener tendido el lazo visual con el observador, una severidad que también rige el paisaje urbano bastante burlón, donde asoma alguna famosa referencia montevideana. La obra de Barea persigue y logra un impacto nada ajeno al despojamiento formal y a la sencillez rigurosa con que recorta sus temas.
Los collages en papel de Ernesto Vila son nuevamente un prodigio de sensibilidad, donde la delicadeza actúa para delinear la identidad de un retrato o el carácter de una silueta, sin abandonar por eso la libertad con que rasga, superpone o pega sus fragmentos. Un sentido infalible en el empleo del color acompaña esas finezas de procedimiento, transmitiendo al resultado una nota de lirismo pero sin despojarla de los significados que la abastecen y que parecen transparentarse como si la mano casi no los tocara. El perfil de Vila es único en esa vertiente de sutileza donde juega como nadie.
Una exposición colectiva con aportes valiosos merecería algunos membretes auxiliares que junto a cada obra mencionara al autor, la técnica, el título, las medidas y la fecha de realización. Esa falta, empero, integra una lista de otras carencias. Este cronista recorrió la sala, que estaba desierta (como están últimamente casi todos los espacios de exposiciones) y luego preguntó si había un catálogo o algún material informativo. Le contestaron que hubo un catálogo pero se había terminado.
Quienes organizaron la celebración de ese aniversario tampoco se ocuparon de hacer llegar dicho material a quien esto escribe.