Un cambio sumamente difícil

El Frente Amplio afronta elecciones internas para renovar autoridades. Dicho así, no debería llamar la atención y diríamos que hasta estamos ante una buena noticia. La coalición atraviesa por un momento especial en el cual no se perfilan liderazgos sobresalientes sino de cierto equilibrio entre sí, y siempre es positivo actualizarse. Pero la realidad es dura y no hay autoridad que pueda ignorarla.

El Frente Amplio se ha dado una organización interna absurda de la cual no puede zafar y quedó atrapado y enjaulado por ella. Es, por definición, la esencia de lo antirrepublicano. En una república, gobiernan las mayorías. En el caso del Frente Amplio, el voto de una mayoría no cambia nada. El total de votantes tiene poco más del 30 % del poder. En esa organización la gravitación del denominado Plenario es prácticamente decisiva para adoptar cualquier resolución de trascendencia política, de manera tal que no hay autoridad que pueda imponérselo. En definitiva, la gran conclusión es que el Frente no elegirá autoridades porque está preso de su propia estructura, que nació con él, y lo condiciona.

Carlos Maggi se ha ocupado reiteradamente del tema, la última vez el domingo pasado, cuando bajo el título de "Las razones del desgano frentista" destaca el desestímulo que significa para el frenteamplista de a pie el tener que rendirse ante la convicción que su voto no va a incidir en el cambio estructural por el que todos claman. La suya es una opinión personal, pero la reconocida elocuencia del comunicador se muestra nítidamente cuando logra explicar -y vaya que no es fácil hacerlo como ocurre con todo lo absurdo que justamente por absurdo no se compadece con la lógica- el fardo con el que carga la coalición y que la ata de pies y manos a los caprichos de una minoría.

En esa nota, se cita una conclusión del publicista Esteban Valenti en cuanto a que nunca nadie va a ponerse contra la democracia, pero que la democratización se hace un problema cuando atañe a espacios de poder. "Democratizar es disminuir el poder de los aparatos, no hay otra manera" y ahí empalma Maggi para razonar que "el aparato es un modo de administrar el poder poniéndolo en manos de unos pocos", y el Plenario es un concentrado de poder en el cual treinta pueden contra doscientos sin ley que lo admita. Para Maggi, palmariamente aristocrático y por ende inconstitucional. Para todos en el mejor de lo casos ya vetusto, inadaptado a la evolución y de ahí podemos seguir tejiendo argumentos que nos llevarán a la conclusión que al peso de ese Plenario le conviene mantenerlo exclusivamente al Partido Comunista que representa tan sólo el 6.66 % del voto popular.

El Plenario se integra con 170 delegados, de los cuales la mitad representa a grupos políticos y la otra mitad a las Bases. Los 85 representantes de los partidos se dividen a razón de unos 30, uno por cada uno de los grupos y sólo los restantes, unos 55, se eligen proporcionalmente al caudal de votos de cada partido.

En semejantes condiciones, mal podrá hablarse de cambio de autoridades porque quienes ocupen los cargos nominales de conducción política no podrán ser, hablando con propiedad, las verdaderas autoridades de la coalición. De cómo salir de este embretamiento no visualizan más que dos posibilidades.

Una sería la fragmentación, pero en el fondo no la quiere nadie. La coalición nació así, se ha acostumbrado a la convivencia. La otra es justamente le de mantener en ese marco de convivencia la negociación permanente, aún al precio del desgaste recíproco que es lo que han hecho hasta ahora.

De todas maneras es el momento de descorrer velo de los eufemismos para que quede claro que el 27 de mayo en el Frente no cambiará nada sustancial porque si algo queda por fuera de todo riesgo es justamente el aparato, que quedará tal como está, sin una sola fisura y quizá más fuerte que nunca, porque sobrevive a la necesidad de lo que racionalmente sería una mínima exigencia como la de superar la esclerosis de su inadaptación a los requerimientos de flexibilidad permanente que acompasa la dinámica de los tiempos.

Hasta cuándo podrá sostenerse lo insostenible, los hechos lo dirán. La resistencia al cambio es una identificación propia y constante de la izquierda conservadora.

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