JUAN MARTÍN POSADAS
Muchas veces me he preguntado si en los tiempos sangrientos de las guerras civiles, cuando entre blancos y colorados había deudas de sangre y olvidos casi imposibles, los uruguayos estaban tan divididos como lo están hoy. En mis años mozos se sumaban noventa años de gobiernos colorados y de hegemonía política de ese partido; el país dividido políticamente era, con todo, uno en su cultura, sus valores, su autoestima. En el año 2004 ganó el Frente Amplio y desde ese día se han lanzado a ocupar todos los cargos públicos posibles, a denostar el pasado y a retocar la historia y todos los textos con el apuro desenfrenado con el cual se abalanza sobre la comida el hambriento que ha pasado una vida de ayuno. Me he preguntado: ¿tan postergados y excluidos estaban como para acumular tanta hambre? ¿El Uruguay había dejado tan afuera a tanta gente?
Hay muchos compatriotas que están en sus casas y en lo suyo, sin enrolarse ni en un extremo ni en el otro. Pero el ambiente público (que es lo que marca la tónica de una sociedad) respira división. Hay un abismo entre dos Uruguay y un discurso, de ambos lados, que es funcional a su mantenimiento. Esas orillas no se hablan ni se escuchan, se miran con ajenidad como no teniendo nada que ver la una con la otra, y si llegan a elaborar sueños o proyectos para el país es sobre el presupuesto de la exclusión de la otra. El país que nuestros antepasados levantaron sobre un sueño de homogeneidad, ¿no era tan incluyente? ¿Tenían razón para sentirse excluidos quienes lo denostaron y abjuraron de él?
¿Qué es un país? Se pueden tejer floridos discursos al respecto, pero un país supone algunas cosas elementales: un país es una continuidad. Allá por el año 2003, cuando el resultado electoral estaba aún incierto y disputado, escribí: "¿hay alguien haciendo lo que hay que hacer, mientras quede tiempo de hacerlo, para que el que pierda las elecciones pueda seguir sintiendo que tiene un país?" El pasado fue de ustedes, ahora el futuro es nuestro: esta noción se ha hecho un lugar en esta tierra purpúrea.
El Frente Amplio, al llegar por primera vez al gobierno, tuvo necesidad de fabricarse una épica (o estuvo en condiciones de hacerlo). Para eso hace falta un sacrificio y un enemigo. Ese enemigo ya no podía vestir la indumentaria del enemigo ideológico tradicional de la izquierda marxista porque al marxismo se lo había llevado por delante la historia y su cosmogonía sólo rendía beneficios muy marginales, por ejemplo como material de arenga en los actos del 1º de Mayo. Entonces, el Frente Amplio, necesitado de un enemigo para configurar su épica, instauró dos: los militares y los partidos tradicionales.
Desde la otra punta se reclama una desvinculación formal (y firmada) del pasado guerrillero, de sus pompas y sus obras, y un pedido de disculpas (tan inexplicable como inútil, por cuanto es obvio que un pedido de perdón sólo tiene valor si es espontáneo). No obstante las sospechas no se abandonan, se mantienen como recurso argumental y arma política. La vieja y noble tradición de la Paz de Abril se nos extravió en los setenta y no la hemos podido recuperar; su lógica era el reconocimiento de que el adversario tenía derecho a un lugar bajo el sol. Más aún: que sin él ese lugar es solo una obstinación sin posibilidades.