DIEGO FISCHER
Motos con escape libre que recorren las calles a toda velocidad arriesgando la vida del conductor y todos los que se le cruzan. Alarmas de vehículos que se disparan en cualquier momento y que permanecen sonando, a veces horas, sin que nadie las desactive. Alarmas de casas o empresas que arruinan el sueño de los vecinos sonando en las madrugadas y demoran una eternidad en ser apagadas, aunque tengan servicio de seguridad privada contratado con -supuestamente- respuesta inmediata.
¿Verdad que usted ha vivido o vive a diario situaciones como éstas?
No importa dónde resida. Da igual que sea en Montevideo o en una ciudad del interior. El ruido que agrede, molesta y -lo peor- causa daños muy serios a la salud, es un mal de estos tiempos que se ha visto agravado de forma dramática en los últimos años a raíz de nuevas modas, del aumento de la inseguridad y del crecimiento exponencial del parque automotor y de motos.
Para algunos jóvenes, la moda es andar en motos de alta cilindrada a cuyos caños de escape les sacan el silenciador. El estruendo que producen es tal vez la manera que ellos tienen de marcar presencia o sentirse importantes. Ya se sabe, una de las normas no escritas de estos tiempos es no sólo consumir, sino hacer ostentación de lo que se tiene. También se ven casos patéticos, propios de personas que necesitan asistencia psicológica urgente. Son esos jóvenes que con casco puesto y en moto llevan una radio encendida a todo volumen.
Pero las motos no son las únicas protagonistas de este bombardeo de ruido. Están las alarmas de los autos, la de las casas y edificios de oficinas. Se disparan, casi siempre, por cualquier razón menos para por la que efectivamente fueron colocadas: prevenir robos o ahuyentar ladrones. Nos despiertan por las noches y son escasas las oportunidades en las que son apagadas rápidamente. Cuando ello se concreta, miramos de reojo al despertador que nos indica que en breves instantes será él quien sonará.
Los ejemplos son muchos: los ómnibus que van con la radio a todo volumen, los taxistas que hacen lo mismo y se enojan cuando uno les pide que bajen los decibeles, los restoranes en los que conversar es una utopía, los alrededores de los tablados en los meses de Carnaval (porque el Carnaval, aquí dura entre seis y ocho semanas), o los celulares con los sonidos más variados que por igual rompen el clima de una función de teatro, de cine o una reunión de amigos.
Mientras escribo esta columna, estoy disfrutando de una puesta de sol en el jardín del Bastión del Carmen, en Colonia. Me acompaña el canto de los pájaros, el graznido de alguna gaviota y el arrullo del Río de la Plata que de tanto en tanto es interrumpido por el sonido de un bote a remos que recorre la costa. De lejos se escucha el ruido de las motos que recorren la rambla de este fantástico lugar.