PARÍS | EL PAÍS DE MADRID
En junio de 2010, cuando Francois Hollande (Ruán, Normandía, 1954) decidió anunciar su candidatura a las primarias del Partido Socialista, las apuestas no daban un euro por su pellejo. La sombra de Dominique Strauss-Kahn, todavía respetable director del Fondo Monetario Internacional y gran favorito para suceder a Nicolas Sarkozy, lo cubría por completo. Pero algo cambió.
Lo que nadie le puede negar a Hollande es su constancia, su capacidad de adaptación al medio y su visión de largo plazo. Criado como Sarkozy en Neuilly-sur-Seine, la periferia rica de París, Francois Gérard Georges Nicolas Hollande es el hijo menor del doctor Georges Gustave Hollande, un otorrinolaringólogo de extrema derecha que intentó alcanzar dos veces la alcaldía de Ruán sin éxito. Su madre es Nicole Tribert, una trabajadora social simpatizante de la izquierda. El joven Francois se licenció en Derecho y luego pasó por la megaexclusiva triada de las elites francesas: la Escuela Superior de Comercio, el Instituto de Estudios Políticos (con militancia sindical cercana al Partido Comunista), y la Escuela Nacional de Administración. En 1976, fue declarado exento del servicio militar a causa de su miopía, pero finalmente obtuvo la anulación de la decisión, quién sabe si pensando ya en un lejano futuro glorioso. En la ENA no solo se llevó la mejor nota. También enamoró a su compañera de clase Ségolène Royal.
La pareja se colocó enseguida: ambos entraron como asesores en el Elíseo en los primeros tiempos de Francois Mitterrand. Consejero económico, Hollande recorrió Estados Unidos y volvió con un informe que adelantaba que la comida rápida no tardaría en llegar a Francia. No se casaron nunca, porque la ley impide ser diputados a las parejas. Pero su relación duró hasta 2007. Treinta años y cuatro hijos después, Royal logró la candidatura del partido a las presidenciales.
Hollande había pasado 11 años dirigiendo un partido balcanizado y caótico (1997-2008), y no era mucho más que un barón de provincias habituado a acumular cargos de segundo nivel (concejal y alcalde de Tulle, y presidente del consejo regional de Corrèze, la misma región donde nació Chirac). Sin especial capacidad de seducir o movilizar a las masas, y más conocido por sus chistes que por sus obras (Laurent Fabius le llamaba don bromita), Hollande trató de enfundarse su primer traje de estadista en 2004, al consolidar su legitimidad entre los suyos con la victoria del sí en el referéndum interno sobre la Constitución europea.
Pero la felicidad del jefe del aparato duró un suspiro. En 2005 el pueblo francés dijo no a Europa, y Hollande entró otra vez en talleres. Algo muy profundo cambió en él tras separarse de Royal. Rehizo su vida sentimental con Valerie Trierwiler, una periodista de televisión que hoy tiene un despacho en el cuartel general del candidato y está siempre a su lado, renunció a liderar el PS, que quedó en manos de Martine Aubry, y empezó a fabricarse la imagen de presidenciable pragmático.
En 2009 creó la asociación Responder desde la Izquierda y se puso a la tarea: nuevo aspecto físico, máxima ambición política. Adelgazó 11 kilos, reunió un buen equipo de comunicación y elaboró un programa destinado a buscar el máximo consenso: justicia, igualdad, juventud, unidad... La estrepitosa caída de DSK fue el trampolín final. Desde entonces, Hollande ha recogido los apoyos de los fieles a Strauss-Kahn, que cayó tras su seguidilla de escándalos sexuales en Europa y Estados Unidos, ha hecho espacio a los seguidores de su expareja, Royal, y ha sabido domeñar a Aubry y seducir al agitador populista Arnaud Montebourg.
El partido está finalmente unido, y en estos últimos meses de campaña, la percepción de que Hollande es bastante más que un Mariano Rajoy que espera la caída de un antecesor impopular ha ido tomando cada vez más cuerpo. Ante una sala llena en las afueras de París, en Le Bourget, el antihéroe hizo un discurso vibrante y memorable, hallando el tono combativo y la consistencia que muchos echaban en falta.
Ahora, es el próximo presidente de Francia in pectore. La vulgaridad de la era Sarkozy, la crisis económica y su discreto pero eficaz encanto de burgués tranquilo han convertido al antihéroe de goma en la gran esperanza de los socialistas (y de muchos europeos) para cambiar la historia.