GERARDO SOTELO
Las aclaraciones del presidente Mujica sobre su presunta intención de castigar con el retiro de la pauta oficial a los medios de comunicación que no realizan una "crónica roja" de su agrado fueron oportunas y tranquilizadoras. La sola idea de que en la cúspide del poder estatal se proponía la utilización los dineros públicos para premiar o castigar estilos o contenidos de los medios, hubiera colocado al gobierno al borde de la inconstitucionalidad y al país en el camino de la tiranía. Nada de eso ocurrirá porque la preocupación de Mujica, según sus propias palabras, no está referida a lo que los medios dicen sino "a lo que no dicen".
El titular del Ejecutivo lamentó que el tiempo dedicado a informar sobre los delitos, así como sus detalles escabrosos, se contraponga con la ausencia de mensajes que orienten a los jóvenes por el buen camino. Se trata de una percepción doblemente equivocada. En primer lugar, traslada la responsabilidad de la delincuencia rampante no a quien la practica o la tolera sino a quien la cuenta. El razonamiento es tan falaz como sería culpar al Toto Da Silveira por los codazos de Lugano. En segundo, porque ignora o al menos minimiza todos los contenidos potencialmente positivos que derivan de los mismos contenidos mediáticos que se critican.
Cuando se muestra el aberrante tratamiento que reciben los presos en las cárceles, podría interpretarse como una advertencia a los que piensan delinquir que les espera un futuro negro. Cuando se transmite en cadena una actividad solidaria como el "Domingo Amigo", podría considerarse que se está ante un contenido aleccionador en el sentido que preocupa al presidente. Por cierto, ambos ejemplos son tan banales como las conjeturas de Mujica, porque los jóvenes delincuentes y los menores infractores tienen influencias mucho más cercanas y significativas.
Podrá argumentarse que buena parte de nuestros niños carece de un ambiente familiar que ofrezca una adecuada contención afectiva y ética. Si es así, habría que cargar las tintas sobre la segunda esfera de responsabilidad, creada y costeada por los ciudadanos para luchar contra este tipo de flagelos, que se llama Estado. De nuevo, podemos encontrar buenas razones para que el Estado uruguayo esté desbordado, pero no hay ninguna que legitime que las fallas acumuladas de madres, padres, familiares, escuelas, los Caifs, liceos, policías, intendentes y ministros, deban ser imputadas a las malas prácticas de los medios.
Pero si bien es cierto que los medios tienen una responsabilidad subsidiaria, derivada del fracaso de la contención familiar e institucional, les corresponde actuar con la misma ética y sensibilidad social que se le exige a cualquier ciudadano. Presumir que la búsqueda del rating puede justificar cualquier conducta, incluso las que están reñidas con la ética periodística y comercial, es aceptar en los medios de comunicación lo que no se aceptaría en ninguna persona o institución. Cuando Mujica habla de estas cosas sabe que está pegando donde más duele, porque tiene a la opinión pública de su lado.