Al iniciarse la segunda quicena del pasado marzo, alguna prensa informó en muy pocas líneas, que Cádiz estaba festejando el bicentenario de su Constitución, considerada como la primera verdaderamente liberal.
La supersintética noticia alcanzó para traerme recuerdos y promoverme reflexiones, sobre todo porque por esos días se distribuian en el Teatro de Verano Ramón Collazo los premios de los concursos de murgas.
Me trasladé en mi evocación a 1906, cuando la actuación teatral de una compañía hispánica de tono más bien zarzuelero se repuso, a ritmo de murga, de una breve y deficitaria temporada en el Teatro Nacional (Florida, entre Soriano y Canelones). El cambio de repertorio fue bien aceptado por nuestra gente, que apoyó entusiastamente la "transformación" cuando los españoles, a punto de despedirse de Montevideo, formaron de apuro "La Gaditana que se va" para agradecer tanta adhesión de un público que los había reflotado. Allí dejaron plantada la semilla de la murga, nuestra murga, siembra que cosecharon de a poco los que se embarcaron en el género hasta convertirlo en pasión carnavalesca.
Hay derecho a suponer que el españolísimo elenco -ya murguístico- habrá aprovechado la ocasión de la proximidad del siglo constitucional para dedicarle algún "cuplé" al momento político de su país, en plena monarquía de Alfonso XIII, un complejo de frivolidades impropias en un soberano responsable.
¡Qué oportuno pudo ser que, en conocimiento del festejo con que Cádiz recibió el doble siglo de su Constitución (que Fernando VII siempre ignoró olímpicamente) una murga nuestra compartiera el júbilo general entre los gaditanos, con un agradecimiento al estilo Momo hacia los fundadores del máximo exponente carnavalero, a través de una canción inspirada por la situación que se vive en mala parte de América, gobernada constitucionalmente por auténticos dictadores! Los murguistas podrían caracterizarse de manera tal, que el público identificaría a los personajes en su primera aparición: una barba que se alarga hasta el cinturón de un disfraz de comandante: una boina roja, y una indumentaria indígena de alguien que se envasó para bajar del Altiplano y treparse al gobierno. En cuanto a los versos, aquí marcha una sugerencia: "Los disfrazados de siempre/ tienen su propio Carnaval/ que disfrutan todo el año/ con su careta institucional./ Ocupando una tribuna/ que les sirve de tablado/ y erigiéndose en devotos/ de la Carta Constitucional/ en el poder se eternizan/ a través de reelecciones/ y la verba no armoniza/ con palpables realizaciones./ Muy tranquilos, sin ninguna prisa/ cumplen su función dictatorial/ y se despiden entre risa y risa/¡HASTA EL PRÓXIMO CARNAVAL!