Una historia demediada

HEBERT GATTO

El estado uruguayo debía cumplir y cumplió con el mandato de la Corte Interamericana de Justicia. Sobre este "fallo" ya hemos opinado. En rigor, apelando a la solemnidad de un tribunal y a la forma del proceso, enmascaró lo que era un pronunciamiento político. Para conseguirlo desconoció siglos de avances en la humanización de la punición retrocediendo a principios tan bárbaros como los crímenes que juzgó.

Como directa consecuencia hoy no tenemos certeza sobre el contenido de nuestra Constitución, ignoramos hasta dónde llega nuestra soberanía o qué garantías individuales todavía subsisten. Todo, en adelante, depende de la Corte. ¿Qué le impide, ya anulada la irretroactividad y la prescripción en materia penal, que mañana nos pida cuentas por la "Hecatombe de Quinteros".

Aun así ¿acaso se avanzó en el camino de la reconciliación y el sinceramiento? Parece evidente que no. Con algún exceso, el documento leído por el Presidente de la República se atuvo a lo ordenado en la sentencia. No obstante, ésta solo contempla una parte de lo ocurrido. Atiende únicamente al terrorismo de estado practicado sin pudor y con saña asesina por los golpistas. Pero pretender que ello agota el recuento de lo sucedido resulta una visión hemipléjica: la realidad demediada. Como si Juan Gelman solo fuera un padre o un abuelo desolado y la guerrilla tupamara el ejército de salvación.

Como deberíamos saber la dictadura no emergió por generación espontánea, la precedieron años de desgaste y subversión. Durante una década los valores democráticos, el pluralismo y la convivencia pacífica fueron desafiados por la izquierda revolucionaria, una parte de la cual insurgió como guerrilla armada. Y por más que la ruptura institucional no fuera en términos estrictos producto de ella, ya derrotada en 1973, no lo es menos que su aparición y el clima de revuelta que imperaba en esos años previos, contribuyeron grandemente a la entronización del poder castrense. Un poder que ciertamente estaba lejos de profesar el credo democrático.

A esta caracterización objetiva, que señala hechos obvios (aunque nada lo sea en la historia) y que incluso no equipara responsabilidades, porque efectivamente es más terrible y condenable el terrorismo de estado que el desafío subversivo a la democracia, el revisionismo de la "nueva historia oficial" en su afán de descalificarla le ha encontrado un nombre de resonancias luciferinas:"La teoría de los dos demonios". Con ese bautismo cualquier incauto que la aplique queda automáticamente anatematizado. Excomulgado de la academia. Por más que debajo de la denominación, como en el tabú polinesio, no se articule ni un solo argumento.

Para la historia oficial invocar el rol de la guerrilla en la génesis de la dictadura implica valerse de un artilugio luminoso que sataniza a los revolucionarios de la época. Imposible por tanto, alegar para el período complejidades, coincidencias y culpas compartidas, ello supone despreciar a las víctimas y desnaturalizar la historiografía. El terrorismo de estado no admite concausas o matices, es un hecho moral indivisible, ajeno al devenir y con un protagonista exclusivo. El demonio es uno solo.

El resto de los uruguayos, como se enseña en la escuela, o somos héroes o somos pusilánimes. Desde estos presupuestos: ¿es posible cerrar el pasado?

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