Malvinas, el trauma irresuelto

CLAUDIO FANTINI

La guerra de Malvinas es una encrucijada de la historia que Argentina aún no sabe resolver. Ni siquiera puede pararse ante esa herida sin contradicciones.

"Las guerras no se conmemoran", dijo la presidenta. Tiene razón. Mucho más si implicó una abrumadora derrota. Los japoneses no conmemoran el ataque a Pearl Harbor. El problema de Cristina Fernández es que dijo esas sensatas palabras en un gran acto de conmemoración, organizado por su propio gobierno.

Es difícil explicar que sea feriado el día en que una dictadura brutal, buscando perpetuarse, emprendió una aventura irresponsable que costó miles de vidas. También es difícil asumir que la derrota militar fue, para Argentina, más beneficiosa que la victoria, porque un triunfo habría sostenido al régimen criminal.

De por sí, Argentina tiene una particular dificultad para asimilar las derrotas. Tal vez, una encuesta demostraría que un alto porcentaje de argentinos no sabe qué fue "Cancha Rayada". Durante mucho tiempo, los textos escolares dedicaron apenas unas líneas a la única derrota del ejército libertador, explicando que las huestes de San Martín perdieron aquella batalla porque los realistas atacaron de noche, cuando dormían, como si en las guerras hubiera un horario de protección del soldado.

Si Argentina tiene dificultad para digerir la única derrota sufrida en una guerra decimonónica que ganó, más grande aún es la dificultad que encuentra ante la guerra que perdió hace exactamente treinta años. La complicación crece por el respaldo social que tuvo y porque a su estrepitoso fracaso le debe la recuperación de la democracia.

Por cierto, están los soldados, arrojados sin preparación y pésimamente comandados. También están los pilotos de Mirage, que volaron al ras del agua para lanzar sus misiles Exocet contra los buques británicos. Pero el conflicto implicó, antes que nada, otra violación a los derechos humanos. Las víctimas fueron miles de jóvenes enviados por dictadores en apuros. También es víctima el país que trajo de las islas un trauma irresuelto. Le duele la capitulación y le duele la plaza colmada, con Galtieri en el balcón de Perón y Evita. Desde entonces, no sabe cómo enfrentar aquel trágico capítulo de su historia, sin extraviarse en un laberinto de contradicciones.

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