El Uruguay necesita educar, lo necesita con urgencia y a muchos niveles. Educar significa encaminar a alguien, desarrollar sus facultades intelectuales, mejorar su base moral, dignificar su comportamiento, enseñar urbanidad, afinar los sentidos e impartir conocimientos. En un plano más elemental también significa difundir normas gramaticales para el correcto manejo del idioma, una tarea que -guiándose por lo que se escucha o se lee actualmente- está tambaleándose en este país. Puede haber por ejemplo un alto funcionario que dice "puédamos" en lugar de "podamos" y hay un miembro del Codicen (Consejo Directivo Central de la Enseñanza) que dice "hubieron problemas" en lugar de "hubo problemas". No son los únicos jerarcas ni los únicos cargos de particular confianza que tropiezan así en el terreno oficial, ruborizando a la audiencia.
Como puede verse, la educación es una asignatura pendiente en muchos sectores de la población y no solo en grupos periféricos donde resulta alarmante el promedio de ausentismo escolar y donde abundan los jóvenes perfectamente aptos para desempeñar un trabajo productivo, que sin embargo se limitan a cuidar coches en alguna cuadra o a limpiar parabrisas en un semáforo, quizá porque no saben hacer otra cosa, nunca aprendieron un oficio, no completaron el ciclo de Primaria y carecen de la guía formativa que aporta la educación. El futuro colectivo será azaroso con tales franjas de informalidad, disponibilidad, inutilidad y ocio improductivo, pero así estamos.
Los cómputos oficiales aseguraron en estos días que 162.827 uruguayos habían dejado de ser pobres en el transcurso de 2011, dato que un simple vistazo a la ciudad parece desmentir frente al creciente número de personas durmiendo en la calle o pidiendo ayuda. De cualquier manera, rescatar a alguien de la pobreza no siempre equivale a educarlo, y cuando se habla de "inclusión" social se alude mayormente a la condición económica y no a la cultural. Sería bueno confeccionar otros índices sobre uruguayos que dejan de ser ignorantes (o siguen siéndolo) a través de una escolarización que tiene un alcance cada vez más dudoso, en vista de situaciones como la del Liceo 70 de La Teja, donde la falta de instalaciones indispensables ha movilizado a los padres, ha llevado a los alumnos a ocupar el local y ha recibido de las autoridades la inefable promesa de que las obras necesarias podrían culminar dentro de cuatro meses. Ante un escándalo como ese, que por cierto no es único, sería utópico hablar de perfeccionamiento educativo, inclusión, urbanidad o desarrollo intelectual.
La educación, sin embargo, no está fallando solamente por el estado inhabitable de las aulas o el malestar de docentes y estudiantes. Otras fallas se notan al salir a la calle y descubrir por ejemplo como la Intendencia Municipal elude su obligación educativa a través de un cuerpo de inspectores dedicado exclusivamente a la aplicación de multas, sin abordar las otras funciones que le corresponden, como corregir la circulación de peatones anárquicos, amonestar a ciclistas transgresores o controlar el desbarajuste de los hurgadores. En todo eso hay un deber educativo que los municipales cobran por hacer, pero que omiten alegremente, con el mismo descuido que está estropeando otros ámbitos de la educación y condenando a tantos sectores de la población a seguir ajenos a sus beneficios.
A medida que el deterioro avanza en los edificios de la enseñanza pública o en el grado de preparación de una clase sumergida, las autoridades se desentienden de una apremiante necesidad que no se reduce a las buenas intenciones, los discursos simpáticos ni las estadísticas complacientes. Ese reclamo imperioso es el de una educación que no admite postergaciones. Al hablar de educación se habla de conocimiento, el que les falta a quienes se expresan mal porque desconocen las reglas lingüísticas, a quienes se comportan mal porque ignoran las ventajas de una buena conducta, a quienes enseñan (o aprenden) mal porque otros distraídos ubicados más arriba les impiden educar como se debe, donde se debe y cuando se debe.