Memoria

MARCELLO FIGUEREDO

El viernes 11, luego de ponerle punto final a la columna del domingo pasado (en la que pretendí ironizar sobre el furor pasivo que despierta Gran Hermano cada noche y el espionaje activo del que podemos llegar a ser víctimas cada día), me fui al cine con la intención de despejarme tras una semana de trabajo y cambiar de tema. Pero sucede que elegí La vida de los otros, el film alemán que ganó el último Oscar a la mejor película extranjera y que, ambientado justo en 1984 (acuérdense de Orwell y su premonitoria novela), cuenta los horrores a los que fueron sometidos los ciudadanos de la antigua República Democrática Alemana hasta la caída del Muro.

1984. Piénsenlo bien. Es ayer nomás. Por aquí ya estábamos a punto de recuperar totalmente la libertad. La información empezaba a circular con otro aire, Seregni había sido liberado, Wilson volvería al país promediando el año; y a los presos políticos, encerrados desde hacía más de una década, le restaban apenas meses en las cárceles. Los energúmenos que poco antes, en el acto del Obelisco celebrado en noviembre del 83, habían silbado el nombre de Lech Walessa, ya estaban bastante creciditos como para hacerse los desentendidos respecto a ciertas cosas que pasaban del otro lado del mundo. Quiero decir: en el Uruguay de 1984, quien no quisiera entender que todas las dictaduras son iguales, ya pintaba para mala leche.

Vuelvo al cine. Quiso la casualidad que coincidiera en el Casablanca con Antonio Larreta, de modo que vi la película no sólo al lado de un gran señor de la cultura nacional sino además de una víctima de la dictadura militar. Un amigo de la libertad a quien, como sabrán, el 20 de mayo le duele más que a muchos de los que hoy harán gárgaras con la fecha. Con Taco en la sala, no pude sino apresurar los paralelismos inevitables entre lo sucedido en la antigua Alemania comunista y lo ocurrido aquí; paralelismos subrayados por una coincidencia adicional, porque el trasfondo político de La vida de los otros está aderezado por temas que deben calar muy hondo en alguien del oficio y la sensibilidad de Larreta: el papel social del arte, la vanidad de los actores, el suicidio. La caída algo hollywoodense del tramo final conspira contra la contenida amargura del relato, pero no empaña los méritos mayores de la película. Véanla.

A lo que voy: sospecho que a muchos de ustedes les pasará lo que a mí. Aunque no tengan la suerte de toparse con Taco, entrarán al cine a ver una historia alemana y saldrán reflexionando sobre la realidad uruguaya. Pero no sólo la de su ominoso pasado reciente. También la de su curioso presente, en el que muchos memoriosos padecen esquizofrenia: sólo se acuerdan de una parte de la historia, y su sed de justicia contra el terrorismo de Estado se apaga a mitad del planisferio.

Me refiero, claro, a los estudiantes y a los obreros y a los empresarios y a los intelectuales y a los parlamentarios y a los ministros de puño derecho cerrado. A los que a casi 20 años del deshielo no han dicho una palabra de las atrocidades cometidas bajo la hoz y el martillo. A los que no se cansan de reclamar memoria para las páginas de la historia en que sus camaradas fueron víctimas, pero cultivan olímpicamente el olvido de aquellas en que sus camaradas fueron victimarios. ¿Cómo no les da vergüenza?

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