La pequeña guerra loca

Edición especial. Una dictadura desesperada y una antigua potencia celosa de su honor se enfrentaron en el fin del mundo. Dos meses y medio y 903 muertos después, había ganadores y perdedores rotundos.

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MIGUEL ARREGUI

El submarino británico Conqueror, al mando del comandante Christopher Wreford-Brown, siguió al crucero argentino General Belgrano durante más de un día antes de recibir autorización para hundirlo. La orden provino directamente de la primera ministra Margaret Thatcher, reunida con su Gabinete de Guerra.

A las 4 de la tarde del domingo 2 de mayo de 1982, el Conqueror lanzó tres torpedos, modelos antiguos pero seguros, desde una distancia muy corta: no más de 1.400 metros. Dos de ellos estallaron bajo la línea de flotación del Belgrano, que se fue a pique en una hora. Los dos destructores que lo escoltaban nunca detectaron al atacante. Fallecieron 323 tripulantes, la mitad del total de soldados argentinos muertos durante los 74 días que duró la guerra de las Malvinas.

En cierta forma, ambas naves representaban dos extremos de una guerra un tanto grotesca e inusitada: el Belgrano era un viejo y enorme barco de 185 metros de eslora y unas 13.000 toneladas de desplazamiento, construido por los estadounidenses en la década de 1930. Sobrevivió al bombardeo japonés de Pearl Harbor en diciembre de 1941, batalló en el Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial y fue adquirido por los argentinos en 1951. Su capitán, Héctor Bonzo, rondaba los 50 años, su buque era inadecuado para la guerra moderna, navegaba con negligencia cuando fue torpedeado y su tripulación, que incluía conscriptos henchidos de orgullo patriótico, estaba mal entrenada. Su rival en la instancia, Chris Wreford-Brown, era mucho más joven y capitaneaba con profesionalismo un arma infinitamente más eficaz: un submarino nuclear de ataque, uno de los tres que los ingleses ubicaron en torno a Malvinas, auxiliado por observación satelital, sistema concebido para combatir contra la Unión Soviética y sus aliados.

Un mes antes los argentinos habían tomado por la fuerza el archipiélago de las islas Malvinas o Falkland islands, que habían permanecido siglo y medio bajo control inglés. La respuesta británica fue clara: si los argentinos querían guerra, la vieja Albión, que mucho sabía de esas cosas, particularmente en el mar, se la daría.

El hundimiento del Belgrano dejó al mundo pasmado, la moral del pueblo británico se fue a las nubes, los argentinos se deprimieron o enfurecieron y los buques de su Armada regresaron a puerto para no volver a salir durante el conflicto. Si bien muy pronto dos de sus pilotos tomarían revancha, quedó claro que el gobierno de Margaret Thatcher no quería una solución por vía diplomática sino con las armas en la mano: "La agresión no debe dar dividendos", repetía la primera ministra.

La guerra de las Malvinas, de cuyo inicio se cumplen 30 años, fue un extraño conflicto librado cerca del fin del mundo entre dos estados alineados en el mismo bando en plena Guerra Fría, aunque uno de ellos, una potencia colonial en decadencia, tenía un gobierno democrático y el otro, un país sudamericano turbulento, se hallaba bajo una dictadura vesánica. Significó una rápida victoria militar de Gran Bretaña sobre Argentina pese al enorme desafío logístico, provocó 903 muertos, sirvió de banco de pruebas para algunos aspectos de la guerra moderna, en particular en cuestiones electrónicas, y demostró que, a la hora de pelear, el patriotismo no suele ser una fuerza suficiente contra el profesionalismo y la determinación.

El contralmirante John "Sandy" Woodward, luego almirante, quien comandó la fuerza de tareas naval británica (Task Force) durante esa guerra, resumió en sus memorias: "Siempre me sorprenden las emociones que las Malvinas pueden producir en el pecho de un argentino. Para nosotros aquella campaña era un trabajo duro y exigente realizado en nombre del gobierno. Para ellos, fue algo parecido a una guerra santa".

La guerra de las Malvinas o Falklands, fue todo eso y mucho más: el preámbulo del derrumbe de la dictadura argentina, porque los militares pueden tolerarlo casi todo menos ser humillados en el campo de batalla, y la consolidación del gobierno conservador de Margaret Thatcher, que cobró fuerza suficiente para desmontar en los años siguientes el estatismo y corporativismo imperante en su país y transformarlo de manera radical.

En la mañana del martes 4 de mayo, a menos de 48 horas del hundimiento del Belgrano, dos novísimos aviones Super Étendard de la Armada argentina, pilotados por el capitán Augusto Bedacarratz y el teniente Armando Mayora, volaron a ras del océano rumbo al grueso de la Task Force británica, ubicada al este de las Malvinas, en busca de venganza. Los argentinos habían recibido pocos meses antes del fabricante francés los primeros cinco ejemplares de ese cazabombardero naval y solo cinco misiles antibuque Exocet para ser lanzados por ellos. Para un viaje tan largo debieron recargar combustible en pleno vuelo. En un momento se elevaron y realizaron una barrida de radar en busca de blancos. Detectaron dos. Arrojaron sus Exocet guiados por radar, dieron vuelta con rapidez y regresaron a su base sin correr más riesgos. Los dos misiles volaron cerca de 50 kilómetros a baja altura sobre el Atlántico y a 1.125 kilómetros por hora. Uno perdió el rumbo, pero el segundo se incrustó en un costado del destructor británico HMS Sheffield. Éste, un buque moderno de 4.800 toneladas de desplazamiento y 125 metros de eslora, estaba en la primera línea de defensa de la Task Force, una flota de más de 100 barcos de todo tipo cuyo corazón era conformado por dos portaaviones: el Hermes y el Invincible. El Exocet, que probablemente no estalló, mató a 20 tripulantes y provocó un gran incendio que devoró al buque, que se fue a pique ocho días después en medio de una tormenta.

El Sheffield fue el primer barco británico hundido en combate desde la Segunda Guerra Mundial. Las fuerzas armadas argentinas podrían parecer de opereta, pero ciertamente no lo eran sus pilotos. Y la guerra de las Malvinas, cuyos preámbulos habían provocado en el mundo mucha sorpresa y un poco de sorna, se tornó definitivamente seria y sangrienta.

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