Longevidad del Centro Cultural de Música

Este cronista no debería meterse en ciertas áreas, pero en el caso la tentación pudo más que la cautela. Porque en 2012 el Centro Cultural de Música cumple 70 años y esa longevidad obliga a saludar el aniversario como corresponde a un verdadero acontecimiento. En materia artística, como en cualquier otro terreno de actividades, hay una escala de valores que permite medir la importancia de una iniciativa, su incidencia en el medio donde actúa, el compromiso de quienes la dirigen y la calidad de su trabajo. Por encima de esas consideraciones, sin embargo, hay otro valor de primer orden del que rara vez se habla, y es la continuidad de una trayectoria.

Ante el ejemplo del Centro Cultural de Música, institución privada que se fundó en 1942, esa continuidad debe destacarse ahora como una proeza de difícil paralelo en su entorno, un modelo capaz de estimular la perseverancia de cualquier otro emprendimiento del género. Porque en esos casos puede haber una dosis de entusiasmo y de rigor, lo cual es alentador aunque de cualquier manera insuficiente, ya que sin continuidad no es posible afianzar una corriente de público, lograr el reconocimiento del prójimo o asegurar un prestigio capaz de defender y transmitir los niveles culturales que se promueven. Por eso fue tan grave la desaparición del Salón Nacional de Artes Plásticas durante los 15 años que siguieron a 1985 y al cabo de casi cinco décadas previas de presencia constante. Porque esa desaparición demostró que el restablecimiento democrático no suponía necesariamente una recuperación cultural, y la longitud de la pausa reveló asimismo lo difícil que resulta en este país reconstruir lo que se ha perdido.

También por todo eso -aunque a escala privada- es invalorable la continuidad que el Centro Cultural de Música ha lucido durante siete décadas, rasgo que debe sumarse al promedio de calidad de sus temporadas, a la fidelidad de su masa de asociados, a la heroica tenacidad de sus directivos y al enriquecimiento que sigue aportando a un medio musical no sólo montevideano, que perdería sus fulgores internacionales si no dispusiera de lo que le entrega el Centro. Esa institución devuelve al observador la confianza en ciertos focos de irradiación y demuestra la envidiable vitalidad de algunos septuagenarios.

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