Las otras penas de muerte

El Uruguay dice haber abolido la pena de muerte, un hecho que se produjo en 1907, pero en verdad sólo abolió la versión legal de esa condena. Otras variantes de una ejecución han sobrevivido hasta hoy, ciento cinco años después de la aprobación de aquella norma, aunque ya no están administradas por la Justicia sino por el azar, ese viento que nunca se sabe por dónde soplará, aunque parece arreciar en estos tiempos, favorecido por amenazas que ponen en peligro la preservación de la vida y los valores que deberían defenderla.

Esa otra pena de muerte -la azarosa, la inesperada- que se descarga sin previo aviso y que por ser furtiva es doblemente temible, puede fulminar al hombre cuando un asaltante pretende robar una moto y asesina al propietario con un tiro a quemarropa, cuando un enfermero equivoca su función y mata a los pacientes en lugar de auxiliarlos, cuando una discusión casual entre vecinos se encoleriza hasta desembocar en una puñalada, cuando un conductor imprudente provoca en un accidente la muerte propia o ajena, cuando un comerciante enfrenta a rapiñeros en su local y recibe un balazo fatal, cuando la cobardía delictiva se ensaña con el anciano a quien va a robar imponiéndole un castigo físico irreparable, o cuando un descuido municipal olvida retirar de la vía pública los árboles en riesgo de caída, sin calcular los peores efectos de esa negligencia burocrática.

La pena de muerte puede tener todas esas caras, pero también otras, en un mundo donde la violencia parece el reverso inseparable de la modernidad, el perfil salvaje de los refinamientos, el lado oscuro que empaña las mejores conquistas de la razón y del conocimiento. Unos niños y un maestro pueden morir en Francia al cruzarse con un terrorista en la puerta de su escuela, tres familias inocentes pueden sucumbir bajo las balas de un soldado enloquecido en un paraje de Afganistán, setenta civiles pueden morir en Siria durante una marcha, bajo las balas de la represión gubernamental a la vuelta de la esquina, dos mil niños pueden morir diariamente en el mundo por culpa del hambre o de enfermedades fácilmente curables que ningún organismo internacional ha sabido prevenir. Todo eso demuestra que la abolición legal de la pena de muerte no la erradica como se creía, y demuestra además que la defensa de la vida es la historia de una batalla desigual. Ya lo era en las épocas de sangre y fuego del pasado, pero sigue siéndolo en un presente igualmente explosivo, que disimula su naturaleza más feroz bajo la máscara de los avances en tecnología, legislación o medicina.

Esa batalla por la vida ha tenido etapas siniestras, porque obligó a combatir el fanatismo religioso que quemaba vivos a los herejes en Occidente hace seis siglos, el ritual de los sacrificios humanos entre indígenas de Mesoamérica, las limpiezas étnicas de los colonizadores europeos, los modernos métodos de exterminio como el genocidio cometido por los belgas en el Congo, la hambruna planificada como herramienta política en la Ucrania stalinista, las cámaras de gas que industrializaron la masacre en la Alemania nazi o la carnicería ideológica aplicada por el Khmer-Rouge en Cambodia. A pesar de todo, la batalla por la vida también ha tenido victorias de carácter legal y moral que iluminan ese panorama al final del túnel, aunque se trata casi siempre de una pelea difícil, lenta, gradual, tardía y muy larga, como si el desgaste brutal de la lucha fuera el precio que debe pagarse para volver a poner en pie los valores capaces de garantizar ese triunfo.

Y sin embargo la muerte violenta -esa versión fortuita de la pena capital- reaparece por sorpresa en cualquier lugar, desencadenada por la enajenación de un impulso criminal o por un accidente casual, cuya trivialidad parece desmentir el resultado trágico que produce y el dolor que impone. Hay que estar en guardia, porque de la misma manera en que la abolición de la esclavitud no asegura el fin de la servidumbre, y del mismo modo en que la firma de un tratado de paz no supone la desaparición de todas las guerras, la abolición de la pena de muerte no equivale a la verdadera desaparición de las amenazas que penden sobre la vida y que acechan al hombre a cada momento en un mundo menos inofensivo de lo que parece.

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