LUCIANO ÁLVAREZ
Mondoñedo es una antigua y pequeña ciudad al norte de Galicia, sede episcopal desde sus orígenes en el siglo XII.
Un día, probablemente de 1534, Fray Antonio de Guevara, recién designado obispo, se interna por primera vez en aquel mundo pequeño y rural de aldeas gallegas. Todo le parece limpio y puro y el uso del tiempo delicioso para observar: Parece por verdad que hay más en un día de aldea que no hay en un mes de Corte. Al pasar por la parroquia de Trasancos escribe que en una aldea pequeña cabe la mar.... El viajero está al final de su cincuentena, había nacido en 1480, y hay mucho de novedoso para un hombre de Corte que no habrá de radicarse en Mondoñedo hasta 1539. Había nacido en los montes cántabros, llamados por entonces las Asturias de Santillana, segundón de una familia noble. Fue destinado a la carrera eclesiástica y a los doce años, gracias a los buenos oficios de un tío suyo pudo educarse en la Corte de los Reyes Católicos, a do me crié, crecí y viví algunos tiempos, más acompañado de vicios que no de cuidados.
En 1504 ingresó en la orden de los Franciscanos. A los treinta años tuvo su primera crisis respecto a la vida de Palacio y se recluye durante una década en un monasterio. En 1521, el Emperador Carlos V le trae de nuevo a la Corte como su predicador oficial, le acompañará en todos sus viajes y en 1527 es nombrado Cronista del reino y miembro del Consejo del Emperador. En tal carácter seguramente le escribió algunos de sus más importantes discursos. Diez años más tarde, mientras prepara el definitivo viaje a las tierras gallegas, aprovechará sus últimos tiempos en la Corte para ordenar las notas de aquella primera visita pastoral, y las convertirá en "Alabanza de Aldea", aquel lugar donde se vive más quieto y menos importunado. [Donde se] vive en provecho suyo y no en daño de otro, como obligan las circunstancias y no como se quiera, conforme a sus razones y no a las opiniones de los demás.
Al mismo tiempo hará el balance de toda una vida en las entrañas del poder y concluirá su "menosprecio de Corte". El resultado es un libro en veinte capítulos precedidos de un epígrafe. Los diez primeros alaban la vida de la aldea, mientras que los diez siguientes ofrecen una cruda visión de la vida en la corte.
De la decena de libros que publicó, Menosprecio de corte y alabanza de aldea (1539), será su mayor éxito editorial e influirá notablemente no solo en España sino en toda Europa, traducido al francés, inglés, italiano y alemán, más de 600 ediciones.
La obra de Guevara no es prolija pero es contundente, el secreto de los best sellers de todos los tiempos. Doctos humanistas le acusarán con justa razón de citar de memoria autores clásicos, griegos y latinos, sin preocuparse de revisar sus fuentes, incluso de llegar a falsearlas o inventarlas. Pero, para ganarse a los lectores, más que la precisión erudita pudo su invencible curiosidad, su humor sardónico, y su testimonio privilegiado de caminador de pasillos: Nunca fui a Palacio que me faltase una ventana a donde arrimarme [para escuchar] ni un cortesano con quien murmurar. Guevara se confiesa testigo, protagonista y propietario de los vicios y flaquezas que describe. Por otro lado -usando un término académico contemporáneo- el universo de su muestra es inmenso: En estos tiempos pasados vi la Corte del Emperador Maximiliano, la del Papa, la del Rey de Francia, la del Rey de Romanos, la del Rey de Inglaterra, y vi las señorías de Venecia, de Génova y de Florencia, y vi los Estados y casas de los príncipes y potentados de Italia; en todas las cuales cortes vi grandes cosas que notar y otras dignas de contar.
Hay en esta obra, […] una madurez de pensamiento, una sinceridad auténtica y un acento patético tal, que hacen de ella una ardiente y apasionada invectiva", afirma Evaristo Correa Calderón. Fray Antonio se arrepiente de haber caído en los mismos vicios que censura a los cortesanos:
La burocracia, la hipocresía, el favoritismo, el frívolo interés por las apariencias, son algunos de sus temas preferidos.
La vida de Palacio ha de ser dura, puesto que Ninguno vive contento y no hay quien no diga que está agraviado. Sin embargo pocos pueden escapar a su rara atracción: Tiene la Corte un no sé qué, un no sé dónde, un no sé cómo y un no te entiendo, que cada día hace que nos quejemos, que nos alteremos, […] y, por otra parte, […] el anzuelo de la Corte es de tal calidad que al que una vez prende, dale cuerda, que no le suelta.
Las luchas internas son despiadadas: Como [la Corte] está llena de pasiones y bandos resulta imprescindible que el cortesano, siga a los amigos y persiga a los enemigos, alabe a los suyos y meta hierro contra los extraños, avise a los que quiere bien y espíe a los que desea mal, gaste con los de su bando la hacienda y emplee contra los contrarios la vida, loe a los de su parcialidad y oscurezca a los que quiere mal. A pesar de todo, esos empeños habrán de servirle de poco: Y todo esto ha de hacer por quien lo tendrá en poco y se lo agradecerá mucho menos. […] En las cortes de los Príncipes son muy pocos y muy pocos, y aun muy poquitos y muy repoquitos, los que se tienen entera amistad y se guardan fidelidad.
Puesto que si es virtuoso, pocos le alaban, los cargos no son fruto de la inteligencia y la probidad: ¡Oh cuantos en las cortes de los Príncipes tienen oficios muy preeminentes a pesar de que en una aldea de cien vecinos no los elegirían alcaldes! Por eso A todos oigo decir haremos y a ninguno veo decir hagamos.
Por tales razones lo que hoy llamamos lobby es actividad principal: Desde que un cortesano se levanta hasta que se acuesta, no ocupa en otra cosa el tiempo sino en ir a palacio, preguntar nuevas, trillar calles, escribir cartas, […] banquetear en huertas, halagar a los porteros, mudar amistades.
Alabando la aldea, Fray Antonio de Guevara falleció en Mondoñedo el 3 de abril de 1545.
El ensayista mejicano Federico Campbell resalta la actualidad de sus observaciones y aventura la hipótesis de que allí donde Guevara dice Corte, bien pudiera decir Poder. La meritocracia es escasa en este mundo.