JUAN MARTIN POSADAS
En estos tiempos que corren hay en el Partido Nacional muchos candidatos. Hay muchos porque no hay uno: hay abundante espacio, ha quedado mucho lugar.
La prudencia parecería indicar que los espacios grandes han de ser ocupados de a poco, paso a paso. En este caso no debe ser así. Tal estrategia feudaliza al Partido, multiplica la conformación de feudos políticos que terminan siendo la razón de ser y el resguardo de dirigentes sectoriales (que, sin confesarlo, han optado por ser definitiva y estructuralmente sectoriales). Quien quiera ser candidato tiene que arrancar como candidato del Partido, dispuesto a abrazar a todo el partido y a dejarse abrazar por él.
Ningún candidato, del partido que fuere, puede prometer nada sin partido. Aunque haya llegado a la candidatura mediante un proceso legítimo, nada puede prometer si no tiene un partido atrás. Nada puede prometer y nada podrá hacer si gana, por muchos que sean los votos que haya cosechado en la elección. El ejemplo más claro de esto es el actual Presidente de la República.
El candidato del Partido Nacional tendrá que envolver al Partido entero en un clima de entusiasmo colectivo, despertando algo así como un sentido de misión. Con el Partido de tal modo animado y vitalizado arrastrará con mayor facilidad una correntada de votos; recordemos que las elecciones no las define un partido sino los que no tienen partido.
La vida de una república, su vigor cívico, está en la calidad de sus partidos políticos. Es a través de las manifestaciones organizadas de entusiasmo de un pueblo que se muestra la vida real que late bajo la corteza de una cultura como la uruguaya, tan apoyada en la repetición. Cuando las ilusiones disminuyen las colectividades caen en delicuescencia, son vaciadas de su substancia; nada ni nadie alimenta el entusiasmo o la pasión necesaria para los grandes emprendimientos colectivos. El mundo de las admiraciones y de las fidelidades se torna vacío y se corre el peligro de la vuelta a la indiferencia muerta del desierto o, lo que es su versión moderna, simplemente el estado.
El Uruguay está viviendo una bonanza económica generalizada pero sin alma y sin proyecto. El gobierno está dirigido (ocupado) por una colectividad política ideológicamente más comprometida con el asistencialismo que con el desarrollo (del cual, en el fondo, desconfía) Esa colectividad hoy en el gobierno conduce al país, en lo interno, a la burocratización estatista, llenándolo de trámites, sellos, controles y la correspondiente nube de empleados públicos. Y en lo externo nos ha llevado a la desnacionalización y un encogimiento dócil y acomplejado ante los países vecinos y las organizaciones trasnacionales (OCDE, G 20, etc.).
Decía J. L. Barrault: "La tragedie commence quand le ciel se vide" Nos han vaciado el horizonte, tanto de sueños como de motivos de sacrificio. Quien en definitiva ocupe la candidatura por el Partido deberá tener muy presente que la fibra épica de nuestro país está envuelta en los colores del Partido Nacional, arrullada por su cancionero y rememorada en sus leyendas. El llamado del Partido será a repoblar los sueños y a resucitar la epopeya. ¡Allá vamos!