RODOLFO SIENRA ROOSEN
Si antes de abril de 1982 nos hubieran preguntado sobre las Islas Malvinas, contestaríamos lo poco que sabíamos y que nos interesaba del tema: que era parte del territorio argentino, pirateado por los ingleses para asegurarse ventajas estratégicas en la navegación y en el comercio. Y punto. Pero cuando el 2 de abril de 1982, las tropas argentinas invadieron las islas, la cosa cambió. Si bien Uruguay abogaba a favor de los derechos argentinos sobre las islas, por aquí empezaron enseguida a correr rumores que el acto de guerra respondía en lo inmediato a finalidades espúreas del gobierno. La dictadura militar argentina se caía, y una combinación de las tres armas, con un apoyo que nunca quedó claro del Secretario de Estado Alexander Haig que unos dicen apoyó -y engañó- a los militares argentinos y otros que actuó de buena fe asegurando que el Reino Unido no llevaría las cosas a mayores, podría conseguir un resultado de reivindicación espectacular del gobierno de facto de la otra orilla, provocando esa exaltación de nacionalismo recalcitrante que suele caracterizar a nuestros vecinos.
Galtieri, caliborato en mano, gritaba desaforadamente "¡que venga el principito que lo estamos esperando!" y en las concentraciones masivas en Plaza de Mayo se vivía un desborde de reconquista bélica que de tal no tuvo nada. Porque vino el principito sí, pero con una respetable fuerza de combate que mandó Thatcher, y en pocos días, barrieron a militares y a los jóvenes argentinos convertidos en carne de cañón, recuperando integralmente el territorio. Fue, seguramente y más allá de la finalidad patriótica que pudiera invocarse, un acto de inconsciencia criminal de un gobierno que con ese proceder selló definitivamente su destino.
Pero desde entonces, el tema de las Malvinas tomó más cuerpo en los organismos internacionales, al tiempo que se sumaban los reclamos argentinos, chocando con la importancia de llamarse Ernesto que va en la pedantería británica.
Sin embargo, es desde adentro mismo de la Argentina que hoy se empiezan a mirar las cosas haciendo valer otros principios. Es el caso del derecho de autodeterminación de los pueblos, que por tantas razones en el mundo de hoy, empieza a transformarse en una idea fuerza, lo que nunca debió dejar de ser. Hebert Gatto en su excelente síntesis del lunes pasado, cita dos Resoluciones de la Asamblea General de la ONU, una de diciembre de 1960, instando al diálogo, rechazando el intento de quebrar la unidad de un país pero "sin perjuicio de tutelar los intereses de la población de las Islas Malvinas" y volvió a insistir después, pero Argentina interpreta que los intereses de los isleños no refieren a su voluntad de continuar bajo bandera británica, e Inglaterra lo contrario.
El gobierno actual argentino vuelve a generar un clima de nacionalismo bélico, pero le salió al cruce un grupo de intelectuales de primer nivel de su propio país que, sin desconocer los derechos argentinos sobre el territorio, llaman al diálogo, incluyendo a los isleños, pues de acuerdo a la Constitución de 1994 deben ser considerados como sujetos de derecho, no resultando aceptable el espíritu de agitación nacionalista de los dos gobiernos. Concluye Gatto: "ya se conocen las primeras reacciones de los peronistas radicales, patoteros cuando tienen razón y doblemente cuando no la tienen".