Vladimir Putin es una víbora. Él mismo lo dice. En la última conferencia de prensa de cuatro horas de duración, el primer ministro de Rusia se comparó con Kaa, la enorme e hipnótica pitón de la obra de Rudyard Kipling, El Libro de la Selva.
¿Cómo califica a las crecientes huestes de los que protestan contra su régimen? Él los llama "monos". Como todo fanático de El Libro de la Selva (la mayoría de los rusos lo son) sabe, Kaa es "todo lo que los monos temen en la selva, porque ninguno de estos sabía el límite de su poder, ninguno de ellos podía mirarla directamente a la cara, y ninguno había sobrevivido a su abrazo". Eso casi no deja dudas sobre la respuesta de Putin a la serie de protestas que congregaron a 100 mil personas en las calles de Moscú y de otras 100 ciudades a los largo de Rusia, en diciembre. Hay que hipnotizarlas y después aplastarlas.
Su plan tiene solo una falla: una gran parte de Rusia, de manera inesperada, se libró de su hechizo. En las semanas transcurridas desde las elecciones parlamentarias torpemente arregladas, en diciembre, el viejo sistema de control político del Kremlin ha parecido tan obsoleto y torpe como el propio Putin. Los medios de comunicación impresos y audiovisuales controlados por el gobierno, que en otros tiempos lo ayudaron a mantener al público a raya, se han convertido en irrelevantes para los 60 millones de rusos que están conectados y pueden intercambiar noticias y detalles de las protestas mediante el uso de Facebook y Twitter. El activo principal de Putin, el mercado petrolero que se disparó e impulsó a la economía de Rusia durante gran parte de la última década, se ha reducido en la recesión global que hizo descender los precios a menos de los US$ 115 el barril que Rusia necesita para mantener el equilibrio presupuestal.
De cualquier manera, el excoronel del KGB -la Policía secreta del régimen comunista- tiene intención de retornar para un tercer período como presidente, en las elecciones que se realizan hoy, sin importar lo que cueste. En las últimas encuestas de intención de voto aparece como el favorito con niveles que oscilan entre el 58,8% y el 66%. La primera vez que se postuló a la Presidencia, en 2000, triunfó con el 53% de los votos, y la segunda vez, en 2004, se impuso con el 71%.
Andrei Illarionov, quien fue estrecho asistente de Putin antes de que los dos se distanciaran en 2005, señala que el premier se siente amenazado como nunca y, por consiguiente, es extraordinariamente peligroso. Illarionov indica que el joven protegido de Putin y sucesor como presidente Dmitri Medvedev, "demostró signos de independencia", lo que lo obligó a retornar, con renuencia, al trono. Los aliados más cercanos y protectores de Putin fuera de Rusia -Silvio Berlusconi, Gerhard Schröder y Jacques Chirac- ya no están en el poder. "Él está convencido que Occidente no puede esperar para que tenga un desagradable final", indica Illarionov.
La suerte corrida por los derrocados dictadores de Egipto y Libia persigue a Putin, indica Alexei Venediktov, quien dialoga con frecuencia con el líder ruso en su condición de editor jefe de la radioemisora Ekho Moskvy. Se sintió especialmente contrariado por la imagen de el expresidente egipcio Hosni "Mubarak al ser esposado por sus propios generales", dice Venediktov. Putin fue duramente golpeado por la defección de su exministro de Economía y amigo personal de muchos años, Alexei Kudrin, a las filas de la oposición. "Ahora, Putin comprende que los liberales están prontos para abandonarlo", dice Illaroniov.
PROTESTAS. Putin culpa de la creciente agitación a los enemigos foráneos, especialmente al Departamento de Estado de Estados Unidos, y se describe a sí mismo como el defensor de la patria contra ellos. "Los estadounidenses deberían saber que Putin aborda esta situación como nuestro 11-S", dice Yuri Krupnov, un confidente de Putin, quien encabeza un centro análisis político, económico y social, en Moscú.
Algunos rusos se preparan para una nueva guerra con Georgia; otros anticipan una crisis de seguridad interna como la sucesión de atentados con bombas contra edificios de apartamentos que contribuyó a que Putin llegara al poder por primera vez, en 1999.
Una vez que comenzaron, las protestas siguieron creciendo, pese a todos los esfuerzos. Las autoridades sanitarias advirtieron a la gente que no concurriera a las concentraciones, debido al riesgo de la gripe. Los liceos de Moscú establecieron exámenes obligatorios de ruso todos los sábados, en tanto la Policía hizo saber que estarían buscando a los jóvenes que eludieron el servicio militar. La Justicia rápidamente impuso penas de 15 días de cárcel a los líderes de las protestas detenidos en un acto anterior por "negarse a aceptar las instrucciones legales que dio la Policía". Nada de eso funcionó. En lugar de intentar detener a 100 mil manifestantes en Moscú, Putin, con sagacidad, les permitió reunirse para que gritaran sus consignas.
Pero, el disenso se ha extendido. Valery Zolotarev, presidente de la Unión de Mineros del Norte de los Urales -que no es un habitante urbano radicalizado- anunció que su sindicato no apoyaría a Putin. Manifestantes marcharon por las calles de Novosibirsk con pancartas que calificaron a Putin de "Enemigo del Pueblo". Hasta miembros del círculo más estrecho de Putin han hablado con sentido crítico. "Lo mejor de nuestra sociedad, la parte más productiva de nuestra sociedad, reclama ser respetada", dijo Vladislav Surkov, jefe ideológico del Kremlin. "El cambio no se aproxima, sino que ya ocurrió. El sistema ya cambió. Es un hecho. La estructura tectónica de la sociedad está en movimiento".
SOSPECHA. Surkov fue rápidamente degradado, pero otros se han negado a ser silenciados. Valery Fadeev, un asesor de Putin que es editor de la revista Experto, alaba las protestas como protagonizadas por "lo mejor y más valiente", del pueblo ruso. La figura de la televisión de Moscú, Ksenia Sobchak, hija del antiguo mentor y viejo amigo de Putin, Anatoly Sobchak, declaró en la concentración pública de Navidad: "Muchas de estas personas podrían quedarse sentadas en el sofá de su casa. En cambio, vinieron a protestar. Eso me enorgullece".
Los adversarios de los manifestantes no pueden decir lo mismo. Algunos de sus esfuerzos han sido groseros y reflexivos, como los despidos en el imperio de publicaciones del magnate de los medios de comunicación, Alisher Usmanov. Otros han sido risiblemente embarazosos, como la foto torpemente alterada que fue publicada en un diario distribuido por el Frente Popular, organización favorable a Putin. La foto mostró a uno de los líderes de las protestas y de la campaña anticorrupción, Alexei Navalny, supuestamente andando junto con el exiliado Boris Berezovsky, uno de los cucos favoritos del Kremlin. El texto que acompañó la imagen acusó a Navalny de aceptar dinero de Berezovsky para generar problemas. Pero, pocos minutos después de la publicación de la foto, los blogueros encontraron y difundieron los originales.
Para Putin, el mundo online es un ámbito extraño y hostil. Sospecha de Internet y conoce lo menos que puede sobre ésta, y se enorgullece del hecho de que ni siquiera usa una computadora.
Sin embargo, el gobierno comenzó a presionar a Pavel Durov, fundador de Vkondatke, el equivalente ruso de Facebook, para que bloquee las páginas opositoras.
TRIUNFARÁ. Veinte años después del colapso de la Unión Soviética, Rusia solo ha nacido a medias. Tiene una prensa semilibre, mercado libre y otras características de un Estado que funciona, pero la codicia impera. La ley se aplica de manera selectiva y la Policía, con frecuencia, trabaja para el que oferte más. La mayoría de las grandes empresas se tuvieron que extender fuera del país. Muchos contratos comerciales establecen el arbitraje en cortes del exterior.
Toda esta situación deja a muchos rusos avergonzados. "Quieren construir una nueva Rusia sobre la base del cinismo, mentiras, robo y crueldad", sostiene el líder opositor Boris Nemtsov. Pero, aunque haya perdido un poco de popularidad, Putin tiene enorme ventaja: en la eventualidad de que no consiguiera la mayoría en la primera vuelta, nadie podría vencerlo en el balotaje.