Quiero expresarles anticipadamente, que ustedes irán advirtiendo los notorios progresos que vengo acumulando desde hace treinta años, en mis cursos de Inglés Básico. Es el resultado del empeño puesto a fin de que, toda vez que deba referirme a Isabel II, cualquier injerto a la manera de Shakespeare responda a la mayor corrección.
Isabel II se acerca a la sexta década de su reinado. No es insignificante que, a lo largo de tan dilatado período, haya lucido una corona ilustre y 378 sombreros (57 de ellos, reformados). En esa trayectoria craneana ha sufrido intensos y reiterados dolores de cabeza, especialmente por culpa de los Windsor Family, hecho que le valió el reconocimiento de Bayer, que la premió con un diploma personal que supo ganarse por el enorme consumo de aspirinas.
Yo diría que tiene más admiradores que detractores: pero, es inevitable que siempre, always, se cuele un blanco en un candombe, y haga cosas de... blancos. Con la finalidad de adelantar festejos de su histórica celebración, la soberana británica ha visitado algunos satélites de su reino, para recordarles: "Here I am" y provocar torrentes de aplausos, entre las masas -y los whiskies- apostadas en las veredas de su paseo ciudadano en la carroza real; de ahí surgirán vítores de fanáticos de la monarquía...
"God save the Queen", junto con otras exteriorizaciones jubilosas, "Long live the Queen"... Eso ocurría, naturalmente, cuando un hombre resolvió -desde luego, a la vista de la reina, a quien posiblemente creyó floja en anatomía- mostrarle qué parte del cuerpo humano y en dirección al sur, exactamente pierde la espalda su nombre honrado: por más que esto -sin necesidad de haber estudiado aquella materia- fuese una figurita repetida para ella, la soberana no dejó de asombrarse. Aquel ciudadano se pasaba de originalidad para transmitirle la disconformidad con su gestión. Liam Warriner, de 22 años, australiano, pensó que, para un individuo, esa era la forma más contundente de manifestar su rebeldía. Pagó 800 dólares de multa, y juró que repetiría el episodio si se diera la ocasión.
Se comenta que Isabel II no es gran fisonomista: a pesar de eso, cabría la probabilidad de que en un nuevo recorrido por la capital australiana, viera perdido entre la muchedumbre, a un descontento exhibiéndole su... su discrepancia, y dijera: "Este... rostro, me resulta conocido".