Despedida a un artista de calibre internacional que vivió en Uruguay

Deceso. El notable Leopoldo Nóvoa falleció en París a los 93 años

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Leopoldo Nóvoa murió el jueves 23 en París, aunque la noticia se conoció con cierta demora. Ese formidable artista plástico alcanzó a ocupar un sitio de primera línea en el medio montevideano en los `60, pero su proyección fue internacional.

Había nacido en 1919 en la localidad de Salcedo (Pontevedra, Galicia) y desde su infancia los traslados en la carrera diplomática de su padre llevaron a Leopoldo a conocer medio mundo y a descubrir América en 1926. Luego se integrará a la actividad artística de la España republicana como joven entusiasmado por el dibujo, la pintura y el modelado. A los 19 años pasa con su familia a radicarse en el Uruguay, donde permanece hasta el traslado a Buenos Aires en 1947. Pero volverá a Montevideo para quedarse hasta 1965, en una etapa decisiva de su desarrollo creador. Viejos amigos recuerdan su taller en el primer piso del antiguo Mercado Central, donde pudo descubrirse el impulso expresivo de Nóvoa, que tenía formación autodidacta y como pintor revelaba una potencia muy singular, que era visible en sus retratos al óleo de figuras locales y en su actividad como dibujante, donde seguía una línea de trazo vigoroso con cierta matriz picassiana.

En aquel momento, Nóvoa compartió un florecimiento artístico montevideano casi único, mientras viajaba con frecuencia al exterior y se impregnaba de las grandes corrientes plásticas que dejaron huella en su obra. Era contemporáneo de colegas uruguayos de primer orden como Barcala, Espínola, Spósito, Ventayol o Hilda López, cuya producción también alcanzaba entonces una plenitud registrada por la intensa movilización montevideana en la materia.

Informalista. Mientras el medio iba abriéndose a las diversas vertientes de la abstracción, Nóvoa encarriló su trabajo hacia el informalismo, un terreno en el que volcaría su intensidad con obras de creciente despojamiento dominadas por la severidad del tonalismo (ocres, blancos, grises, negros), donde de pronto un solo pincelazo atravesaba la superficie robustecido por el espesor de la materia, como gesto de rigurosa economía que ganaba en fuerza a medida que descartaba todo lo ornamental o lo superfluo. En esas piezas recubiertas por una textura arenosa se generaba su dedicación a la pintura matérica, que lo acompañaría en adelante.

Esa desnudez se emparentaba con el trabajo volumétrico, ya presente en el relieve que surcaba la tela de sus cuadros y que se desplegó con inusitada energía cuando incursionó en el campo de la escultura mural. De ese otro camino ha quedado en Montevideo un ejemplo monumental, el del revestimiento en piedra y en hierro del óvalo exterior del Estadio Luis Tróccoli del Cerro, que fue una de las obras culminantes del artista y uno de los legados mayores de la plástica durante la década del 60 en este país, aunque ese aporte no haya obtenido la difusión ni el reconocimiento (y quizá tampoco los esmeros de mantenimiento) que su magnitud reclama.

Ahora que Leopoldo ha muerto a los 93 años, vale la pena reflotar la estima y la admiración que corresponden a la obra que dejó aquí. Porque poco después de ese mural, hacia 1965, volvió a vivir en Europa, primero en Galicia y luego definitivamente en París, donde su amplio taller del Faubourg Saint Antoine -un "loft" de dimensiones similares al calibre de su pintura- era también un ordenado depósito de lo que seguía produciendo ese plástico prolífico, infatigable, que en las décadas del 70, el 80 y el 90 expuso abundantemente en Europa y Estados Unidos.

RETORNOS. Nunca abandonó la escultura de proporciones ciclópeas, de la que ha quedado como ejemplo en La Coruña (adonde regresaba frecuentemente desde París) el Mural de La Cantera, en el Parque de Santa Margarita. Volvería asimismo a Montevideo, más de una vez, demostrando que su raíz gallega convivía en él con su apego por esta latitud criolla, con la que en muchos sentidos se sentía identificado -tenía ciudadanía uruguaya- y en la que emprendió vínculos duraderos en su obra y en su vida. También volvió a exponer aquí sus trabajos recientes, donde persistía la desnudez de su informalismo, en cuyas superficies inscribía unas pocas líneas y algunas protuberancias aisladas, que parecían el despejado terreno de sus conceptos formales, el paisaje de su tenaz frecuentación de un mundo visual que tenía a veces un poder casi hipnótico sobre el contemplador.

A esa altura Leopoldo gozaba de un renombre indiscutido en las grandes capitales, y hay abundantes ejemplos de su obra en museos europeos y de toda América. Su muerte obliga ahora a volver la mirada hacia un período de enorme fertilidad en el arte nacional, donde él tuvo un papel decisivo y un perfil imborrable.

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