Una única ópera se ha representado en lo que va de la década en los teatros políticos de Europa. En sus escenarios, tenores y sopranos gubernamentales han entonado con vigor el canto de la austeridad y de la flexibilización de los mercados laborales.
Orquestas de empresarios han acompañado con convicción (y gusto) y, desde atrás, un coro de instituciones económicas y financieras internacionales ha alentado, ahora piano, ahora forte, sin descanso. La representación ha avanzado implacable.
Mientras, músicos y protagonistas del flanco izquierdo de los teatros se afanaban para hallar una partitura para una ópera alternativa creíble. Que emocionara, o al menos convenciera, al público.
Buena parte de la audiencia ha tenido en estos años la sensación de oír, desde la izquierda con tradición gubernamental, solo pálidas variantes del libreto de la derecha.
Los dirigentes progresistas han acatado, casi todos sin rechistar, el diktat alemán sobre la regla de oro del déficit; han evitado cuidadosamente formular sonoras objeciones o alternativas ante el terrible espectáculo de la negociación con Grecia.
Pero la coyuntura política parece ofrecer una oportunidad a los que desean otra música. Todos miran hacia París.
El candidato socialista a las presidenciales francesas de abril y mayo, Francois Hollande, es el único líder de peso que se ha manifestado claramente en contra del tratado europeo de austeridad pactado en enero.
Un cambio. Hollande, que encabeza los sondeos, ha declarado que, si gana, exigirá una renegociación del tratado europeo; ha abogado por la institución de eurobonos; deprecado que el acuerdo no incluya previsiones más explícitas a favor del crecimiento; prometido mayores impuestos a la banca.
De los 27 países de la Unión, tan solo cuatro (Austria, Bélgica, Chipre y Dinamarca) tienen gobiernos liderados por socialdemócratas.
Pero una victoria de Hollande podría abrir paso a un cambio de marea.
El socialista tendría un precioso aliado conceptual al otro lado de los Alpes para afianzar una política económica alternativa. Pese a no pertenecer a la misma familia política, Mario Monti figura entre aquellos que combaten con vigor el monocultivo de la ultraortodoxia fiscal. Y al otro lado del Atlántico, una eventual reelección del norteamericano Barack Obama ofrecería un respaldo a un intento de viraje político en Europa.
La izquierda europea coincide a "grosso modo" en la intención de frenar los procesos de ajustes fiscales y poner mayor acento en el crecimiento. Pero, hasta ahora, este anhelo no parece haberse cristalizado en un proyecto realmente sólido y alternativo.
Pese a la crudeza de los recortes, no se nota una carrera de votantes para colocarse bajo el paraguas social progresista. ¿Qué ocurre?
Dilema. "Los partidos progresistas sufren desde hace ya tiempo el conflicto entre tener una actitud considerada como responsable u otra que responda a las expectativas de sus bases electorales", observa Luciano Bardi, codirector del Observatorio sobre Partidos del Instituto Universitario Europeo, en conversación telefónica.
Con la crisis, la distancia que separa los dos extremos de este dilema se ha convertido en un abismo. Una distancia insalvable.
Por lo general, los dirigentes izquierdistas han elegido políticas que tranquilicen los mercados y satisfagan al gran contribuyente neto europeo: Berlín.
En España, Portugal y Grecia los socialistas han pagado un caro precio por ello. Algunos creen que no tenían alternativa; otros, que no tuvieron coraje.
Sea como fuere, en estos tiempos, está claro que el riesgo de espantar a los mercados haría temblar el pulso a cualquiera.
El asunto se agrava si se considera que la derecha no sufre el mismo dilema, al ser mucho más convergentes los intereses de su base electoral con aquellos de los indispensables mercados.
En este nudo reside en buena medida la explicación de la aparente paradoja por la que, en medio de una crisis incubada en los meandros más oscuros del capitalismo, la izquierda esté tan débil.
"Los progresistas siguen siendo una alternativa real en cuestión de derechos civiles, pero en política económica han dejado de serlo hace décadas. El ciclo hegemónico de la derecha empezado con Thatcher y Reagan no ha acabado todavía", explica Bardi.
Así, con respecto al pasado, los progresistas son percibidos como corresponsables del descontrol que ha llevado al desastre; con respecto al futuro, no se les ve como portadores de proyectos económicos diferentes.
"Pero los ciclos hegemónicos cambian por acontecimientos sistémicos. Esta crisis lo es. Quizá, aunque no sea evidente, estamos incubando un cambio de ciclo", sugiere Bardi.
Movimiento. Marc Stears, profesor del departamento de política de la Universidad de Oxford, elabora otro elemento de reflexión.
"Los partidos de izquierda en Europa se han desconectado de las bases. Se han quedado atrapados en una dimensión técnica que no moviliza a nadie. Esto es muy problemático, porque incluso si un partido logra formular un proyecto alternativo creíble, la movilización es indispensable para propagarlo", afirma Stears por teléfono.
Significativamente, el fermento social que recorre Europa en estos tiempos no es casi nunca promovido por los partidos, sino por una galaxia de movimientos y ciudadanos independientes.
"En Reino Unido, el partido laborista está intentando catalizar esta plétora de grupos, pero la maniobra es claramente muy difícil", observa Stears, quien señala la campaña de Obama en 2008 como un brillante intento de conectar con la sociedad.
"Los partidos progresistas europeos se fijarán mucho ahora en el nuevo programa de Obama; harían bien en fijarse también en cómo organiza su campaña", dice el profesor británico.
El sistema electoral del Reino Unido dificulta el desarrollo de partidos marginales. Pero, en el resto de Europa, formaciones sin una clara vocación gubernamental -y por tanto no paralizadas por el dilema mercados/pueblo- pueden cabalgar el descontento y conquistar votos tradicionalmente socialdemócratas.
De esta situación, naturalmente, han extraído beneficio partidos del espectro político progresista, como Izquierda Unida en España o Izquierda, Ecología y Libertad en Italia.
En Dinamarca, por ejemplo, el partido socialdemócrata ha recientemente vuelto a liderar el gobierno, pero con su peor resultado electoral en décadas, y a costa de embarcar en el Ejecutivo una coalición fragmentada que hace temer la gobernabilidad.
Interés. Además, incluso formaciones ajenas al espectro progresista amenazan con aprovecharse. La Liga Norte en Italia o el Frente Nacional en Francia ya han atraído en el pasado a votantes que apoyaban a los socialdemócratas. Hoy, con su nueva retórica antirrecortes sociales, pueden redoblar su cosecha.
Todo ello no impide que el malestar social frente a los ajustes fiscales que ahora en casi toda Europa implementan partidos de derecha permita a varias formaciones socialdemócratas regresar en el poder en los próximos años. Pero tendrán probablemente que enfrentarse a parlamentos muy fragmentados. Y, en todo caso, ahora más que nunca, la alternancia no es sinónimo de alternativa.
De momento, el socialista francés Francois Hollande es el único que parece postularse como tenor protagonista de una ópera alternativa para los teatros europeos.
Sondeo. En este sentido, el presidente saliente francés, Nicolas Sarkozy, logró esta semana remontar en las encuestas y se ubicó a un punto del candidato superfavorito, el socialista Hollande, según los últimos resultados de la guerra de sondeos de cara a las elecciones presidenciales de los meses de abril y mayo próximos.
Los sondeos están casi parejos y un nuevo estudio realizado por el Instituto CSA reveló que, en las intenciones de voto del primer turno, el candidato socialista perdió dos puntos y se encuentra ahora con un 28%, mientras que su adversario gana uno y llega a los 27%.
El martes, otro sondeo realizado por Ifop para el diario Le Monde, daba una ventaja superior de 7 puntos entre los candidatos (32% Hollande y 25% Sarkozy).
En el balotaje, Hollande saldría siempre vencedor, aunque pierda 4 puntos (56%) y Sarkozy ganaría otros tantos (44%).
Recuperar consensos: esa parece ser la consigna del actual inquilino del Elíseo, convencido de que puede aún hacerlo y que el partido aún está por jugarse.
"Las cosas se están moviendo, todos los sondeos lo demuestran. CSA habla de un 27-28%, la diferencia se está acortando", dijo el presidente, citado por el portal del diario Le Monde.
En cuanto a la prensa, Sarkozy considera que más del 80% de los medios está en contra de él, pero lo toma con filosofía. "Democracia significa aceptar las críticas", sostiene.
EN CARRERA POR EL PODER
Nicolas Sarkozy
Presidente francés y candidato del RPR
El actual presidente francés es miembro del partido Reagrupamiento por la República (RPR) y Unión por un Movimiento Popular (UMP). Nacido en 1955, Sarkozy ocupó los cargos de ministro de Finanzas y de Comunicación y portavoz del gobierno de Édouard Balladur entre los años 1993 y 1995. Hasta su elección como presidente de Francia en 2007, el actual mandatario galo fue ministro del Interior. En la elección presidencial que lo catapultó a la Presidencia, Sarkozy obtuvo el 53,06% de los votos frente al 46,94% de su rival del Partido Socialista, Ségolène Royal. Ahora está en carrera por la reelección; los sondeos lo dan segundo.
Marine Le Pen
Candidata por el Frente Nacional
La abogada, política y madre de tres hijos, desde 2011, Marine Le Pen, es la presidenta de su partido, luego de relevar a su padre, Jean-Marie Le Pen, fundador del Frente Nacional. Nacida en 1968, desde 2004 es una eurodiputada y desde 2010 consejera regional de Nord-Pas-de-Calais. Entre sus posiciones políticas se encuentra defender la pena de muerte y el proteccionismo. Respecto a la política exterior, aboga por sacar al país de la OTAN y estrechar relaciones con Rusia. La candidata del Frente Nacional se opone a la existencia del Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio.
Francois Bayrou
Candidato por el Movimiento Demócrata
Bayrou fue presidente del disuelto partido Unión por la Democracia Francesa y actualmente desempeña el mismo cargo en Movimiento Demócrata. El candidato también es uno de los fundadores del Partido Demócrata Europeo, del cual es también copresidente. Nacido en 1951, el francés fue ministro de Educación entre 1993 y 1997, luego de participar en su juventud en movimientos por la no violencia. En 2007, el francés fue candidato a la Presidencia, proponiendo una "revolución cívica", queriendo unir a personalidades de derecha, izquierda y centro. Bayrou obtuvo el 18,57% de los votos, quedó atrás de Royal y Sarkozy.