Cada vez que llega Carnaval, no resisto a la tentación de introducirme en el túnel del tiempo hasta arribar a mi infancia. Sobre el final de los años 20 del siglo ídem, las pasiones de nuestros habitantes estaban divididas en blancos y colorados; hinchas de Nacional y Peñarol; partidarios de Atenas y Sporting; y devoradores de catálogos del London París e Introzzi. Pero, por el entonces breve reinado de Momo, se agregaban otras divisiones que nos bifurcaban: por un lado, iban los adoradores de Salvador Granata y su "trupe" Un real al 69, y por otro, los devotos de la Oxford de Ramón Collazo marchaban detrás de "el Loro".
Otro tanto ocurría con las murgas: estaban los que preferían a los "Asaltantes con patente", y los que se inclinaban por los "Patos cabreros": entre ambos, algunas veces, de camión a camión, intercambiaban "cachadas", que nunca tenían más peligro que los versos disparados como dardos envenenados, hacia los políticos del momento. Era presumible una reacción de éstos, en términos nada amistosos.
Con respecto a la murga, regían Normas Básicas Municipales del Carnaval, estableciendo que "La crítica supondrá una caricatura y de ningún modo una destrucción de valores morales (...) El conjunto no ha de deslumbrar por su lujo, sino por su pintura de personajes llamativos, sus dichos, modismos y sus situaciones, con humildad, colorido, gracia y diversión (...) Es importante el papel del director de las interpretaciones, encabezando la movilidad y la mímica". Estos "pequeños consejitos" que venían sin que los carnavaleros los pidieran, fueron recordados por Juan Capagorry y Nelson Domínguez ("Redoblante", en sus impagables crónicas de aquellos días de locura colectiva, y "Guruyense" por el resto del año) y debieron ser olvidados por Ernesto Nogara, que en 1917 y en plena presidencia de don Feliciano Viera, "sacó" la Murga "Los políticos de la época". Con fundadas esperanzas de ganarse un buen premio se presentó al Concurso que se realizaba en el Parque Hotel; pero, en realidad, lo que se ganó fue una buena paliza. Nogara, caricaturizando al primer mandatario, salió a escena presentando su espectáculo con un Prólogo que encendió la mecha para el gran incendio, dijo muy sueltito de cuerpo: "De la gran oligarquía/ soy el primer magistrado/ por el líder proclamado/ y al cual debe obedecer./ Es mi séquito un modelo/ del joyal parlamentario/ que fieles al mandatario/ apoyan mi proceder"... Vieristas presentes en la jornada -tal vez evocando el "Alto" a las reformas batllistas que el año anterior había pronunciado el superjefe- gritaron ¡Alto la murga!... y se mandaron un reparto de leñazos que obligó a los murguistas a batirse en retirada, ante la cervantina exhortación de Nogara. "Rajemo p`al mionca, rajemo". Y fueron trepándose como monos al camión que los trasladaba noche a noche de tablado en tablado, a un costo que dividían entre ellos a riguroso escote... Me entendieron, ¿no?...