JUAN MARTÍN POSADAS
La enseñanza -su exponencial derrumbe- es hoy la gran preocupación de los uruguayos. A la fecha se están condensando trabajosos acuerdos políticos, prometidos desde el comienzo del período de gobierno y que empiezan a cuajar recién ahora.
Dentro de lo modesto de los logros es importante destacar, por un lado la sustitución de algunos jerarcas religiosamente resistentes a aceptar cualquier cambio y, por el otro, que ha terminado imponiéndose y cobrando legitimidad social la noción, tan resistida por Fenapes y demás talibanes sindicales, de que la enseñanza compete a los gobiernos y no a los gremios.
Dejo a los especialistas la discusión más específica de la reforma -o, mejor dicho, salvataje- de la educación para referirme a un aspecto en el cual la reforma de la enseñanza corre en paralelo con la reforma del Uruguay. Quienes están preocupados por el estado de la enseñanza cavilan y trabajan sobre modificaciones, agregados y sustituciones de lo que hay. Yo quiero apuntar hacia la gran política: la solución para la enseñanza es soltarla. Sí señor. Y lo mismo vale para el Uruguay.
A la enseñanza hay que liberarla, desatarla, ventilarla, quitarle el corset. Lo mismo vale para el Uruguay, que camina maneado, abrumado de reglamentaciones, complicando al extremo los más mínimos procedimientos, buscando como remedio para sus males la multiplicación de nuevas y más minuciosas reglamentaciones y preceptos.
El progreso -en la enseñanza y en cualquier ámbito de nuestra república- está frenado desde su primer paso. Ha quedado a la vista estos días en el ámbito de la salud: hay que postergar los beneficios sanitarios del robot Da Vinci hasta tanto no esté pronta la reglamentación y el trámite de los permisos.
El Ministro y un subjerarca muy gallito se han enojado y prometen investigaciones por una actuación sin permiso y no se les mueve un pelo ni consideran que haya que investigar nada por la demora en años de parte del Ministerio para estudiar las solicitudes.
En el Ministerio de Ganadería y Agricultura hay una reglamentación de una ley recién votada que establece qué cultivos puede plantar el dueño de un predio agrícola.
Y hay millones de ejemplos como estos porque más que una política general se trata de una filosofía (en algunos casos llega a ser un culto).
Nuestro país tiene una larga historia de dirigismo. A eso se ha sumado en estos tiempos la cultura política del Frente Amplio que, como todas las izquierdas, desconfía de las iniciativas individuales y siente tranquilidad de espíritu cuando todo está regulado desde el estado.
Los abusos de la iniciativa privada desbocada han causado daños que hoy sacuden a Europa, pero los daños sociales, económicos, culturales y psicológicos concretos, históricos (y abundantes) que acá padecemos y que marcan la decadencia uruguaya (en la educación y en todo) son causados por el dirigismo, por la sospecha universal hacia la libertad individual y la iniciativa privada, por el apego a la reglamentación, la confianza en la burocracia, el solaz en los controles a priori, el seguimiento de los manuales y la disciplina obediente del comportamiento pautado.
¿No será hora de cambiar algo de esto? ¿Soltarnos?