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Todos los días una noticia nueva se suma a un rosario que los uruguayos conocemos bien: el de la ineficiencia en las tareas del Estado. Sin embargo, aquello de que los funcionarios públicos "hacen como que trabajan" y los gobiernos "hacen como que les pagan" ya no tiene tanta vigencia. En efecto, se va afirmando, tenue pero firmemente, una nueva exigencia ciudadana que es una de las características del nuevo uruguayo.
La caída de un árbol que mató a una persona en Carrasco; el gajo que se cae y corta el tránsito en Avenida Italia; los más de 2.000 árboles que representan un riesgo en Pocitos; las columnas que se caen en Parque Rodó o Conciliación; la lentitud con la que se arreglan los semáforos que dejan de funcionar en verano: todas realidades que señalan, de improviso, que se agrava el problema de gestión en la Intendencia de Montevideo a medida que pasa el tiempo. Pero lo de la Intendencia no es aislado.
En pleno desquicio de la inseguridad pública, pasan los meses y el Registro Nacional de Antecedentes de Adolescentes Infractores no funciona como los jueces pretenden. Hubo jóvenes reincidentes que regresaron al juzgado y en la planilla figuraban como primarios. A pesar de la conciencia pública que hay sobre la violencia doméstica, y que siguen sumándose las víctimas por ella, pasan los años y siguen sin implementarse las pulseras con GPS que ayudan a la seguridad de las víctimas. También los años de demora en la construcción de cárceles nuevas, consecuencia del a priori ideológico que desde 2005 impidió hacerlas a través de concesiones privadas, repercutió fuertemente en el agravamiento de la paupérrima situación de los presos que constituye, hoy, una permanente violación a los derechos humanos.
En plena bonanza económica, la política social del gobierno es clientelista e ineficiente para sacar de la marginalidad y la exclusión sociales a decenas de miles de uruguayos. Porque los controles que hace varios años exigen las leyes, en salud y en educación en particular, y de los que debiera disponer el BPS para sancionar incumplimientos, no existen. Demoramos también años en procesar un censo de población y vivienda cuyos resultados son siempre fundamentales para mejorar la implementación de políticas sociales. Pero al momento de llevarlo adelante desde el Instituto Nacional de Estadísticas el resultado fue un fiasco y no tenemos la calidad de herramienta que el país precisa.
En vivienda, con las tremendas demoras de implementación del plan presidencial Juntos; en medio ambiente, con la puesta en tela de juicio de la independencia de la Dirección Nacional de Medio Ambiente que ahora dependerá de Presidencia; en salud, con la injustificable demora de dos años al Hospital Británico para autorizar equipos de última generación, o con el horror del paciente "perdido" en el Hospital de Clínicas que apareció muerto y toda la información que luego dio cuenta del caos que allí reina; en la banca pública, con la tiranía sindical que cierra cinco minutos antes porque se le da la gana: los ejemplos abundan y todos van en el mismo sentido.
Se trata de las mil caras de la desidia pública. El problema es que el uruguayo, cansino, tuvo siempre mucha paciencia para soportar esa desidia que se arrastra desde hace tantos años, con los argumentos, más o menos convincentes, de que había crisis, de que el Estado pagaba salarios de miseria y de que, por tanto, no se podía ser muy exigente con sus servicios.
La realidad hoy es otra muy distinta. El crecimiento económico de estos años ya permite al Estado pagar salarios que, en la mayoría de los casos, no dejan sumergido en la necesidad al funcionario público. Al contrario, hay sectores muy concretos -entre los cuales están los municipales y los bancarios- que reciben salarios muy por encima de las remuneraciones en el sector privado (con la ventaja además, como se sabe, de tener el trabajo prácticamente asegurado).
El nuevo uruguayo, al que le está yendo mejor que antes económicamente, sabe que aquellos argumentos que justificaron la desidia pública durante años no corren más. Empieza a estar indignado con lo que se entera que ocurre en el Estado. Sin crisis, percibe que lo que hay en realidad es desidia, falta de exigencia e irresponsabilidad. Es tiempo de apoyarlo, porque tiene razón.







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