Funcionarios de seguridad, la mayoría en ropa civil, vigilan la plaza principal de Deraa, una ciudad de 350.000 habitantes cerca de la frontera de Siria con Jordania. Sin embargo, algunos ciudadanos se atreven a hablar.
"Estamos asustados", dice una mujer que lleva de la mano con firmeza a un niño. "Salgo a comprar comida, que cuesta cada día más, pero nunca sé si podré retornar a mi casa", añade. Un joven con ojos ardientes y enrojecidos, levanta su camisa y revela dos cicatrices de balas. "Nunca nos rendiremos", declara, mientras varios hombres en camperas de cuero se acercan para retirarlo a empujones. Un hombre que está de compras, hace una breve pausa antes de perderse por un callejón. "Dios nos ayude", susurra en pausado inglés.
El levantamiento en Siria comenzó en Deraa, en marzo último, con agitación para protestar contra la detención y tortura (les arrancaron las uñas) de adolescentes, quienes inspirados por otras revueltas árabes habían pintarrajeado una pared con la frase "El pueblo exige la caída del régimen". Una persecución lanzada por el gobierno dejó quizás 1.000 civiles muertos en la ciudad y aldeas cercanas, imponiendo una calma precaria. La mayoría de los comercios y centros de enseñanza están abiertos solo parte del tiempo. Videos de Internet revelan combates diarios entre ciudadanos que cantan y lanzan piedras y soldados que abren fuego. Las autoridades hablan de ataques "terroristas" esporádicos contra puestos de control protegidos por bolsas de arena. Como prueba, muestran una colección de bombas hechas con caños y armas de fuego herrumbrosas. Queda en claro que si el gobierno retirara sus blindados, tropas de combate, francotiradores de las azoteas y matones que andan blandiendo armas de fuego, Deraa pasaría a control rebelde.
Mientras, el mundo mira con impotencia. El 4 de febrero, en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, Rusia y China suscitaron la ira de Occidente al vetar una resolución que hubiera urgido al presidente Bashar Asad a adherir a un plan de paz trazado por la Liga Árabe. Lo presionaba para que cediera al menos algunos poderes no especificados a un segundo, hasta el resultado de conversaciones de reconciliación. Rusia objetó ese punto y en términos más generales a que Occidente impusiera normas a un Estado soberano que considera aliado.
El ministro de Relaciones Exteriores de Rusia, Sergei Lavrov, acompañado del jefe de Inteligencia Exterior, Mijail Fradkov, viajó a Siria el 7 de febrero. Lavrov describió su reunión con Asad como productiva e insistió en que el presidente sirio estaba comprometido con reformas rápidas, incluyendo una nueva Constitución y elecciones, poner fin a la violencia y dialogar con sus enemigos. Los rusos dijeron que, como primer paso, Asad había instruido al vicepresidente, Farouk Sharaa, a iniciar conversaciones con grupos de la oposición. "Solo Siria puede decidir la suerte de Asad", declaró Lavrov.
Estados Unidos y muchos de sus aliados europeos, junto con los estados árabes del Golfo Pérsico, respondieron con indignación a los vetos en Naciones Unidas. Tras señalar que Rusia y China habían dado a Asad una licencia para matar a su propio pueblo, retiraron a sus embajadores en Damasco. Las sanciones a Siria incluyen una veda europea a la importación de petróleo y controles financieros estrictos, que comprenden el congelamiento de los activos en el exterior de miembros del régimen.
Los diplomáticos hablan ahora de otras opciones para presionar al régimen de Asad, como es plantear un voto de condena en la Asamblea General de Naciones Unidas, donde ningún país tiene poder de veto, y formar un grupo de contacto junto a los vecinos Turquía y Jordania para coordinar una acción más vigorosa, que puede incluir la imposición de centros de seguridad a lo largo de las fronteras de Siria, así como ayuda directa al Ejército Libre Sirio, un mosaico de células guerrilleras lideradas por soldados que desertaron.
BRUTAL. Mientras la diplomacia internacional ha degenerado en un forcejeo por el poder reminiscente de la Guerra Fría, los sirios enfrentan escenas de destrucción sangrienta en sus ciudades. Desde que comenzó el levantamiento hace once meses, el esquema ha sido que las fuerzas del gobierno individualizan una aldea o distrito urbano tras otro, para castigarlo. Unos 7.000 civiles murieron como resultado de esas tácticas. Desde diciembre, protestas frecuentes han tenido lugar hasta en los suburbios densamente poblados en torno de la capital, Damasco y Aleppo, la segunda ciudad del país. Habitualmente, las tropas del gobierno luego se retiraron, llevándose prisioneros a los "terroristas", pero dejando solo puestos de control simbólicos.
En fecha más reciente, la prensa propiedad del Estado se ha referido, en términos ominosos, a la necesidad de apartarse de lo que llama "moderación". En efecto, parecería que el 3 de febrero se lanzó un nuevo plan de seguridad, en un día que está grabado en la memoria de los sirios como el aniversario de un despiadado asalto de artillería, en 1982, contra la entonces ciudad rebelde de Hama, durante el gobierno de Hafez, el padre de Asad, que dejó al pintoresco sector antiguo de la ciudad en ruinas y causó 20.000 muertos.
Desde ese día, las tropas de Bashar Asad han realizado una brutal demostración de fuerza, como nunca. Han lanzado una lluvia de fuego de artillería y cohetes sobre Baba Amr y Khaldiyeh, dos distritos en manos rebeldes, en Homs, la tercera ciudad de Siria y centro del actual levantamiento. Asimismo, atacaron a la ciudad cercana de Rastan, el centro turístico montañoso de Zabadani, cerca de la frontera con Líbano, la ciudad de Idlib, cercana a Turquía, y otros centros poblados. Los ataques han tenido lugar de manera simultánea e implacable. Fuentes de la oposición dicen que creen que el bombardeo es el preludio a asaltos por tierra contra todas esas zonas.
Debido a que varios cientos de proyectiles llueven sobre Homs cada hora, el número de bajas a lo largo del país se disparó de alrededor de 20 por día a más de 50. Se han cortados los enlaces de transporte y telefonía, así como de energía eléctrica y agua y los suministros de combustible, con muchas de las área golpeadas, que ya son pobres y han visto cómo sus ingresos se han hecho trizas en los largos meses de agitación. Miles de civiles optan por abandonar sus hogares pese al tiempo frío del invierno, por lo que Siria, probablemente a corto plazo, enfrente una grave crisis interna de refugiados, dentro de sus fronteras selladas. "Lo único que le pedimos al mundo son féretros, no hay suficientes para nuestros cuerpos", declaró un mensaje sarcástico por Twitter, desde Homs.
RESPALDO. El gobierno de Asad parece creer que esas tácticas tendrán éxito para frenar la revuelta. Hay antecedentes cercanos para el éxito. El ex dictador iraquí, Sadam Husein, gobernó durante más de una década después de haber suprimido de manera brutal una sublevación en el Sur del país, tras la primera Guerra del Golfo. El Ejército turco casi ha terminado con el separatismo kurdo, así como Israel aplastó dos intifadas palestinas. El propio Asad padre sobrevivió a Homs.
Hay otros motivos por los cuales Asad puede sentir que va a prevalecer. En la superficie, el centro de Damasco aparenta tener sorprendente normalidad. Los comercios y bares están abiertos, aunque en gran medida vacíos. El presidente se siente tan seguro que a veces hasta se anima a salir a cenar.
Pese a la descomposición de las instituciones estatales bajo el régimen de un solo partido, el Ejército y las fuerzas de seguridad han sufrido relativamente pocas deserciones, ante la sorpresa general. Los conscriptos sirven lejos de sus poblados de origen y se cree que el Ejército ha erradicado a soldados potencialmente desleales. El Ejército de Siria todavía no ha desatado toda su diversidad de poder de fuego, que incluye helicópteros artillados y bombarderos a reacción. Pese a que lograron avances, los rebeldes, que por breves períodos han controlado zonas cercanas a Damasco, todavía carecen de la capacidad de comunicación y del armamento pesado para montar más que ataques punzantes localizados.
Las cifras
50
Es el promedio mínimo de muertos por día en Siria de las últimas semanas. En total ya van 7.000 víctimas mortales, según cifras de la disidencia.