CARLOS PÁEZ VILARÓ
El tambor es un barómetro que mide las energías del barrio, un grito de cuero lanzado a la marchanta desde cualquier esquina tentando y contagiando al vecindario.
La voz del tambor nace espontánea en el fondo de un boliche, en una pieza del club o simplemente en los fondos de un corralón.
Un lenguaje que tiene al tambor como punto de partida, simple caja barrigona, con sus duelas apretadas por cinturones de chapa y un palito travieso en manos del tocador.
Rústico apartamento que a través de los siglos es el eje de comunicación entre las aldeas tribales, manteniendo activos sus mensajes musicales, enlazando las poblaciones selváticas a través de ríos y montañas.
Si en nuestras casas no faltan el mate, el termo o la foto de Gardel, el tamboril entró a ser parte de la familia uruguaya como un generoso regalo de nuestros afrodescendientes.
No importa su tamaño, si suena bien o mal, si es de madera o decorativo de papel maché. Ya es un símbolo de nuestra orientalidad y nos enorgullece tener un tamboril acompañándonos como si fuera un trofeo.
En estos días la noche de los barrios se estremecerá con el ronquido de las bateas en marcha. De todos los rincones se elevará la voz de la tamborería como un alarido de presencia.
Encorvados, mirando hacia la nada, arrastrando pie y zapatilla sobre el adoquín, los lubolos amasarán el candombe a mano partida sobre lonja curada.
Es que una vez al año, desde el fondo de cada casa se despertará del sueño la tradición almacenada para mostrar orgullosa su vigencia.