Dos vertientes de la ilegalidad van marcándose en este verano uruguayo. La primera tiene cierta repercusión internacional, se localiza en Punta del Este y consiste en reiterados asaltos a casas de veraneo y a turistas. La segunda no tiene proyección fuera de fronteras, pero se extiende a todo el país y refiere al sorprendente número de homicidios registrados desde comienzos de año. En ambos casos, resulta inevitable asociar esas corrientes con el panorama de violencia criminal que sobresalta últimamente a esta sociedad. Como puede comprobarlo cualquier uruguayo que eche un vistazo a la prensa o a los informativos, ese cuadro de inseguridad exhibe cada día más ejemplos de audacia delictiva (en el caso de los asaltos) y cada vez más riesgos para la vida (en el capítulo de los asesinatos a quemarropa).
La coalición de gobierno ha desestimado la multiplicación de esos hechos de sangre, señalando que se trata de una coincidencia o un fenómeno coyuntural. Ojalá tenga razón, aunque le faltó reconocer que las coincidencias son inseparables de la tendencia general que las produce, y en todo caso (así sea coyunturalmente) reflejan esa tendencia, que es la de un creciente atrevimiento criminal para matar a quien lo enfrente, aunque no oponga resistencia. Habilidosamente, las autoridades hablan de lo que conviene a su discurso (algunas víctimas también se arman, otras víctimas resisten temerariamente a un asalto) que son reacciones desaconsejables, pero en cambio omiten lo que no les conviene (las víctimas son abatidas por un desenfreno criminal que hasta hace poco no existía, ya hay asaltantes a mano armada de 8 y 10 años de edad).
En el caso de los hurtos, rapiñas, arrebatos y copamientos registrados en Punta del Este, cabe mencionar el riesgo que esa vertiente supone para la retracción de un flujo turístico asustado, mientras se evapora el clima de tranquilidad que caracterizaba al balneario, estropeando la imagen que ofrecen los lugares de veraneo del país. Pero además cabe transcribir -como reflejo de la grave situación- algunos titulares con que la prensa uruguaya y argentina encabezó la información sobre esas inseguridades en la playa: "Robos y rapiñas en el inicio de la temporada" (diciembre 26), "Robaron a turistas mientras dormían" (diciembre 27), "Ingresan a chalet del Este" (enero 2), "Robaron a otras dos familias argentinas en Punta del Este" (enero 4), "Nuevo asalto a vivienda en Punta del Este" (enero 4), "Asaltaron y golpearon a joven pareja de turistas" (enero 10), "Robos en Punta del Este disparan la demanda de seguridad privada" (enero 14), "Copan una vivienda en el Este" (enero 26), "Atracan una residencia" (febrero 4).
Por otro lado, la lista de homicidios cometidos en el Uruguay desde el 1º de enero es impresionante. Hubo once en los primeros cinco días del año, catorce en los primeros seis días, diecisiete en los primeros nueve días, y en el curso del mes de enero se produjeron treinta, veintiuno de ellos en Montevideo. Cuando la coalición de gobierno sostiene que ese aluvión es "una coincidencia" y agrega que el alto número de homicidios no significa "un cambio cualitativo" (según informó la prensa el 7 de enero), parece olvidar que el fenómeno es inexplicable sin una mención al fondo de las cosas, que es la ascendente parábola de agresividad asesina de una criminalidad hasta hace poco menos sangrienta y menos bárbara. Ese fondo opera igual que en una guerra, porque también en ella pueden darse pasajes mortíferos y otros menos letales. Pero ninguno de ellos se entiende sin una referencia a la calamidad que hay detrás.
Por el momento, el verano 2012 podrá ser recordado por esas dos vertientes, de perfil tan sombrío y perspectivas tan deprimentes. Ante ellas, sería deseable que las autoridades hicieran un esfuerzo (propio de la responsabilidad que se asume al gobernar) y se colocaran en el lugar de las víctimas, desde los familiares de los guardias o comerciantes ultimados a balazos, hasta los pobladores de Punta del Este que han perdido el marco de seguridad que compartieron durante décadas de jardines abiertos, reposo sin alarma, noches sin miedo y puertas o ventanas sin trancas. El dolor irreparable de aquellos familiares y la inquietud irreversible de esos veraneantes, no parecen un accidente coyuntural ni tienen el sello pasajero de una coincidencia.