Universidad tecnológica

PABLO DA SILVEIRA

La idea de crear una universidad tecnológica (o, como prefiere decir el presidente Mujica, una "universidad de las manos") recibió en los últimos días el respaldo del Frente Amplio. La fórmula acordada difiere en ciertos puntos de la propuesta inicial del presidente de la República, pero ahora parece estar más cerca de convertirse en realidad.

¿Tenemos motivos para festejar? La respuesta a esta pregunta sólo puede ser matizada.

La idea de fortalecer la formación técnica y tecnológica merece ser bienvenida en un país como Uruguay, que tradicionalmente ha subvalorado las opciones educativas que se alejan del modelo "m`hijo el dotor". Dar rango universitario a este tipo de formación puede ayudar a debilitar tabúes y resistencias.

En segundo lugar, la instalación de una Universidad Tecnológica significaría poner punto final a una extraña anomalía que no tiene paralelo en el mundo democrático. Al abrir las puertas de esa institución, estaríamos por fin derogando el monopolio de la enseñanza universitaria pública que el artículo 2 de la Ley Orgánica de 1958 le otorga a la Universidad de la República. Es verdad que ese monopolio ya fue derogado en los papeles con la aprobación de la última Ley de Educación, que previó la creación de un Instituto Universitario de Educación. Pero, no por casualidad, el cronograma de instalación previsto en esa norma no se ha cumplido.

Estas dos razones permiten mirar la iniciativa con buenos ojos, pero no alcanzan para justificar un gran optimismo. La cuestión tiene otras aristas menos alentadoras.

En primer lugar, una medida de este tipo sólo dará frutos a mediano plazo. Habrá que aprobar una ley orgánica, cumplir el proceso de designación de autoridades, diseñar un presupuesto, recorrer los complejos procedimientos necesarios para dotar de infraestructura y recursos humanos a la nueva institución, diseñar carreras, planes y programas, y, finalmente, convocar a inscripciones. Mientras tanto, en marzo de este año ingresará a la enseñanza media una nueva generación de estudiantes. Y si no introducimos desde ya cambios que los favorezcan, los enfrentaremos una vez más a un clima institucional degradado, al ausentismo docente, a los aprendizajes de mala calidad y, como resultado, a las altas tasas de repetición y desafiliación.

Los plazos de ejecución de la idea no se ajustan entonces a nuestras urgencias. Pero además ocurre que, aun si pudiéramos reducirlos, la universidad tecnológica sólo sería una buena opción para quienes consigan egresar de la enseñanza media. Y el mayor problema que enfrentamos hoy es que la enseñanza media se ha convertido en un gigantesco mecanismo de exclusión que castiga especialmente a la población de menos recursos.

En una entrevista concedida hace pocos días al semanario Búsqueda, el rector de la Universidad de la República, Rodrigo Arocena, decía que "el problema más grande de la enseñanza uruguaya está en la enseñanza media". Sin duda es así. Eso no significa que los demás niveles no tengan problemas. Por cierto que los tienen, y bien graves. Pero es en el nivel medio donde está el gran incendio. Puede que la creación de una universidad tecnológica sea una buena idea, pero sus efectos serán modestos si sólo una minoría de los muchachos de 18 años puede a acceder a ella.

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