Carlos maggi
Tengo amigos en La Estación Atlántida rodeando la iglesia de Dieste. Uno de mis mejores amigos tiene 13 años; y es dueño de una ceibalita último modelo que maneja muy bien. Su modo de ser tranquilo, a la manera de un adulto, lo ayuda para seguir los pasos exactos que impone la máquina. Él y ella se llevan bien, son racionales.
Le pregunto si sabe algo de un instituto llamado Pisa, que toma exámenes en todo el mundo. El Pisa dice si los estudiantes de secundaria de un país, aprenden o no.
Nunca lo oyó nombrar.
Le cuento: el Pisa opina que la enseñanza en los liceos del Uruguay no anda bien; y quiero preguntarte algo:
-¿Cuántos en tu clase entienden lo que leen? -Tarda en contestar y dice:
-Más de la mitad no atiende en clase.
- ¿Y no entienden lo que leen?
-Yo qué sé. No les importa.
-Los profesores faltan mucho…
-No. Faltan a veces, pero pocas veces. Casi todos son jóvenes -Me quedo pensando: Muchos y muy autorizados teóricos compatriotas se preguntan si las laptops en manos de escolares no habrá sido un gasto suntuoso, en lugar de una inversión provechosa. Es como sospechar que ser joven es una enfermedad que afecta al cerebro. Estamos a pocos años de empezar a recibir noticias de lo que significa el Plan Ceibal". Quebrar la brecha digital es una hazaña.
Sin embargo hay opiniones profesorales negativas; y son tan radicales que parecen insensatas; pero, por lo regular los errores inexplicables suelen ser un síntoma.
¿Por qué es que a los profesores les molesta el Plan Ceibal a tal grado que los lleva a decir tonterías, sin que sean tontos?
La respuesta a esta pregunta es sencilla. La situación creada en clase por esas maquinitas no es amable para el profesor; lo desacomoda y le provoca angustia.
Los profesores que proclaman como un mérito: -No sé encender una computadora (que se pone a funcionar apretando un botón como quien enciende la luz) están diciendo mucho más de lo que dicen; están respondiendo a un agravio recóndito.
Dar clase a adolescentes expertos en el manejo de máquinas especializa- das en brindar información, cuando el profesor es analfabeto digital, ha de ser una tortura. El docente no sabe nunca qué averiguaron los alumnos; y a la vuelta de cada tema puede haber un revolcón.
El mero hecho de corregir escritos crea desasosiego. En muchos casos, el profesor no está seguro de dónde salieron los datos que escribió el estudiante; si son inventados o no.
Así como es emocionante, la admiración y la adhesión que provoca la labor docente; así se ha hecho de resbaladiza "la autoridad" que los docentes pretenden exhibir ante sus alumnos. La primera intención al educar, atiende al manejo adecuado de los instrumentos; cómo se opera con ellos y para qué. Los instrumentos pueden ser indistintamente, materiales, virtuales, conceptuales: el lenguaje, la tiza y el lápiz; los libros, una guitarra, la lógica, crayolas, las letras y los números más una infi- nidad de otros muchos entes reales e imaginarios, sin prescindir desde la cuchara hasta un telescopio en el espacio exterior.
Los profesores reunidos en la "Asamblea Técnico Docente" del 2 al 7 de marzo del 2011, discutieron el Plan Ceibal; y Carolina Porley levantó una acta de constatación que se publicó en el semanario Brecha. Y hay momentos patéticos en esa nota.
El profesor Carlos Rivera, miembro de la mesa permanente de esa ATD, identificó dos posturas:
1) "Una postura crítica, que aceptaba el Plan Ceibal, tomó en cuenta que la herramienta informática ya existe en Secundaria desde hace siete años. Pero fue una aceptación crítica; este grupo cuestionó al Plan Ceibal porque le impone al país préstamos internaciona- les (?) y por aspectos ¡ideológicos!.. asociados al Instituto Tecnológico de Massachusetts."
2) La otra posición consigue ser más descabellada; formula "un rechazo absoluto": el Plan Ceibal es "una nueva forma de imperialismo".
Este modo de "pensar", extravagante, quedó reflejado en el informe final de la ATD, dedicada al Plan Ceibal. Y la confesión de los profesores que reconocieron "no saber encender una computadora", tampoco le llamó la atención a los jerarcas de la educación que se mantuvieron ciegos, sordos y mudos ante semejantes dosis de fanatismo. Le importa a esta nota, el extraño efecto que provoca el Plan Ceibal, dentro del desastre de la enseñanza pública en secundaria. Es bien posible que los alumnos intuyan, como es verdad, que los profesores no pueden alcanzar muchos de los conocimientos que actualmente están al alcance de la mano de los chiquilines. Y es bien posible que de esa sensación, surja el menosprecio por las clases que dictan, aunque sean buenas.
Los jóvenes tienen más tiempo libre que los agremiados en Fenapes y las laptops permiten abrir las ventanas y enterarse de mucha cosas en un santiamén, como jugando. ¿Dónde está el cambio que complica a los profesores?
Está en la velocidad y la puntería con las cuales se puede localizar la información. Para comprobar el desamparo del profesor sin conocimientos digitales, ante un niño con ceibalita, propongo un ejercicio imaginario muy simple: contestar la siguiente pregunta:
¿Qué pasó en la batalla de Lepanto, cuando Cervantes quedó manco?
Para el profesor que no sabe encender una computadora (situación alegada por los propios profesores) contestar supone revisar su biblioteca o ir a la Biblioteca Nacional para consultar los ficheros y comprobar lo ocurrido en Lepanto.
La búsqueda galopando con los dedos sobre las fichas, se ve facilitada por el sistema decimal de Dewey y una clasificación técnicamente apropiada, hecha para que el lector encuentre los grandes temas. En este caso "Cervantes - Biografía", pero habrá que hojear cada biografía para saber qué libro se ocupa de la heridas que padeciera el autor del Quijote; y en tal caso, cuál fue la importancia de esas heridas.
Admitamos que en una o dos tardes, el profesor, si tiene suerte, encuentra los detalles que buscaba, referidos al brazo de Cervantes.
En cambio el estudiante de la ceibalita, por ejemplo mi amigo Leandro, puede preguntar directamente y sin salir de su casa. Se conecta con Google y escribe en el campo llamado Buscar: Cervantes manco.
En contados segundos el estudiante sabrá que Cervantes no era manco, que fue herido en la mano izquierda y que cuando mucho, perdió cierta movilidad en esa mano.
Han pasado varios siglos desde que dejé de trabajar en la Biblioteca Nacional, en cuya catalogación cada libro da origen a cuatro o cinco grandes te- mas (cuatro o cinco fichas) que son las chances del lector, para localizar en una obra, algo que lo acerque al te- ma de su consulta. En cambio, los motores de búsqueda que tiene a su al-cance una computadora, pueden localizar, a la velocidad de la luz y del modo más concreto, las palabras clave de lo que se busca entre millones de otras palabras.
¡¡Y muchos profesores confiesan que no saben encender una computadora, como si fuera cosa de ninguna importancia!!
Esta consideración me lleva a pensar que el modo de estudiar y de investigar anterior a las computadoras (modo de tracción a sangre) es una de las causas de la pesadumbre y la rebelión que se manifiestan en los encuentros de pro-fesores, cuando se habla del Plan Ceibal. Rota la debida relación entre el educador y sus educandos, la transferencia docente se complica. Y eso irremediablemente, malhumora… a las dos partes.