El Censo y el IRPF

Washington Beltran Storace

El reciente Censo Nacional dejó en clara evidencia dos cosas: la población de nuestro país prácticamente se encuentra estancada y esta administración frenteamplista no tiene la menor idea de cómo se organiza un Censo. Inicialmente previsto para hacerse a lo largo del mes setiembre de 2011, con un ambicioso cuestionario plagado de preguntas de la más diversa índole y con tecnología de última generación para ser relevado con equipos electrónicos, tuvo su epílogo recién en enero del 2012, y terminó haciéndose sobre la base de un formulario muy sintético, en papel y por teléfono. Con todo, esto pasará a la anécdota y lo que sí quedará para el comentario son los resultados.

Un poco más, un poco menos, los habitantes de este país somos 3.251.526, mientras que en el conteo de población del 2004 éramos 3.241.003. El aumento es mínimo y podría hacerse una primera lectura. En el 2004 el país recién comenzaba a salir de una de las peores crisis de su historia que había provocado, entre otras cosas, una emigración masiva. En el 2011-12 estamos en plena bonanza económica mientras la crisis la sufre el mundo desarrollado; pero la emigración se mantiene y no hay incidencia alguna de regresos. La anunciada "era del cambio" con la llegada del FA al gobierno no atrae ni retiene a nadie. Si ha habido un parate en las partidas, es porque el mundo desarrollado anda a los barquinazos y no ofrece garantías a la aventura.

No es entonces por ese lado que puede esperarse cierto crecimiento de la población. El problema principal es -desde hace tiempo- el índice de crecimiento demográfico que muestra Uruguay. La falta de una política en ese sentido parece condenar al estancamiento de la población y las consecuencias pueden ser peligrosas a mediano plazo. Hoy las mujeres tienen un prome- dio que no llega a 2,1 hijos; apenas da para la reposición de la pareja que los concibió. Y no hay perspectivas de una mejora con las políticas del gobierno.

Obviamente que no nos estamos refiriendo a la cuestión de la despenalización del aborto. Un tema que es tremendamente polémico, que ha generado diversas legislaciones en el mundo y que tiene que ver con cuándo se considera que empieza la vida y, también, cuándo se termina: si es posible "desconectar" a un enfermo terminal o permitir la eutanasia. Más allá de que por convicciones pienso que Dios da la vida y Dios la quita y el hombre (o la mujer) no puede sustituir su voluntad, en primer lugar no me considero con derecho ni con autoridad para imponer mis convicciones y mi pensamiento a nadie y, en segundo lugar, no creo que ello tenga la mínima influencia en un aumento de la población. Lo que se hacía, se va a seguir haciendo aunque de distinta manera. La despenalización del aborto es un tema filosófico, religioso, científico o humano, pero no lo veo con incidencia demográfica. Y aunque así fuera, privilegio la libertad de conciencia.

Lo que sí veo con esta decisión es que el gobierno tiende a favorecer las interrupciones del embarazo, pero no adopta ninguna para favorecer su continuidad, por lo menos en la clase media de este país. El tema pasa por la política económica y, sobre todo, por el manejo que se hace -o no se hace- del Impuesto a las Retribuciones de la Personas Físicas (IRPF). Su aplicación feroz, que no distingue las situaciones distintas, sino que mete en la misma bolsa a todos por igual, es freno implacable para las familias numerosas.

La voracidad del Estado a la hora de recaudar tiene una finalidad solo clientelista: el destino de los dineros es para mantener y aumentar su burocracia, y para multiplicar su política asistencialista sin exigir ninguna contraprestación a cambio. No sorprende entonces que nunca se hayan aprobado las anunciadas deducciones por hijo y la carga económica que cada uno representa se hace difícil de superar en esas circunstancias. Se llega al absurdo, por ejemplo, que una persona que gana $ 40.000 y tiene tres hijos, debe aportar por IRPF lo mismo que quien gana $ 40.000 y es soltero o no tiene hijos a su cargo. ¿Nadie toma en cuenta que a los hijos hay que criarlos, educarlos, vestirlos, cuidar su enseñanza y su salud, asegurarles un mínimo de diversión? Parece que no. El mensaje que baja desde el superior gobierno es muy claro: "si quiere vivir medianamente cómodo, no tenga hijos. Y si los tiene, arrégleselas como pueda".

El Censo ha confirmado la realidad de una población estancada y envejecida. Tal vez sea hora -no de estar pensando en una inmigración ecuatoriana o de lo que sea- de apoyar a todos los uruguayos para que los hijos no sean una carga, sino una alegría. Y que los padres estén en condiciones de atenderlos como se merecen y prepararlos para vivir con dignidad en este mundo tan competitivo.

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