Juan Martín Posadas
La inquisición sobre los cambios que han sucedido en nuestro país y las preguntas si hay un Uruguay o dos, han sido el tema de este enero. Seguimos dándole vueltas, (con más preguntas que certezas).
He señalado que un cambio importante y significativo en el Uruguay del presente ha sido que el poder cambió de manos. Eso quiere decir que el gobierno está en manos de un partido y de unos dirigentes políticos que antes no lo tenían. Pero el poder no está circunscripto únicamente a las funciones y potestades del gobierno. El poder en una sociedad anda también por otras partes. Quien domina el imaginario colectivo, quien tiene la habilidad de darle forma, tiene poder.
El imaginario colectivo es lo que una sociedad piensa de sí misma, lo que considera noble y lo que siente como bajo, lo que juzga que está a su alcance y lo que ve fuera de sus posibilidades, lo que reputa auténtico y lo falso, lo que premia y lo que castiga, lo que toma en serio y lo que no. Todo eso da forma a la sociedad, le da rumbo y sello. Es lo que C. Castoriadis desarrolló en su obra "La Institución Imaginaria de la Sociedad".
Pues bien, la corriente política capaz de crear o administrar el imaginario colectivo será quien -tanto o más que quien tenga el gobierno- mandará en esa sociedad y tendrá poder. Y ese dominio sobre el imaginario colectivo también ha cambiado de manos en el Uruguay. El gobierno cambia de manos de una elección para otra: el dominio del imaginario colectivo lleva más tiempo.
El poder político cambió de manos un último domingo de noviembre pero ha sido un proceso de más de cuarenta años el que llevó a una transferencia del imaginario colectivo desde unas cabezas a otras.
El Dr. Luis Alberto Lacalle -conocedor como pocos del territorio nacional hasta en los rincones más apartados y conocedor profundo de la historia patria y la idiosincrasia nacional- ha dicho a los suyos que no volverá a ser candidato a la Presidencia "porque ya no entiendo al Uruguay y el Uruguay no me entiende a mí".
Leo en la novela del ruso Vasili Grossman: "El tiempo se cuela en el hombre, en el estado: anida en ellos y luego el tiempo se va, desaparece, mientras que el hombre, el estado, permanecerán. Está el hombre pero su tiempo ha pasado, se ha desvanecido. ¿Dónde está ese tiempo?
El hombre todavía piensa, respira y llora, pero su tiempo, el tiempo que le pertenecía a él y solo a él, ha desaparecido. Pero él permanece. No hay destino más duro que sentir que uno no pertenece a su tiempo. (…) El tiempo solo ama a aquellos que ha engendrado".
¡Hay tantas preguntas! ¿Hay un Uruguay que pasó y otro que se vino? ¿Qué tiene este de aquel y aquel de este? Corre tanta generalización inconsistente sobre el nuevo Uruguay y tanta nostalgia derramada sobre el viejo que la reflexión se hace difícil. ¿A usted le queda claro, por ejemplo a través de las palabras de Mujica, qué es el nuevo Uruguay? ¿O en las palabras de Vázquez? Yo me pregunto: ¿los hijos de este tiempo, los que le dan su impronta, son los septuagenarios como ellos (o como yo)?
Pero falta considerar otros elementos para llegar a un esclarecimiento. No todo se distingue a través de la óptica de lo político y no todo se ve si miramos tan de cerca al Uruguay que nos olvidamos del contexto, es decir, el mundo de hoy en el que estamos metidos. Algo de lo que somos acá proviene de allá. Habrá que seguir observando.