Duro, pero no injusto

En medio de sus errores, el Presidente se ha cuidado de no perder el respeto y la urbanidad hacia sus adversarios.

Algunas veces me han dicho que soy duro en mis opiniones y puede que así sea, aunque no por un placer de serlo. Pero si es una realidad que admito (sin vanagloriarme de ella), no quisiera tener que reconocer, además, el haber sido injusto.

Así, pensando en ello, llegué a la conclusión que si no reconozco las virtudes que pueda tener nuestro Presidente y me concentro en sus aspectos y -sobre todo- sus opiniones y actos criticables, estaría siendo injusto, aún cuando todas mis críticas fueran ajustadas a la realidad (lo que también es una performance un tanto difícil).

Justo pues es reconocer que, junto a la bondad de sus intenciones (presunción absoluta por definición) el Señor Mujica ha tenido hasta ahora una virtud muy importante: la de no azuzar odios ni contribuir, más allá de alguna bronca puntual, a enconar el ambiente político nacional y ello pese a la nutrida lluvia de críticas que recibe (e independientemente de la validez que puedan tener).

No es poca cosa.

La aversión al contrario es en política algo muy común y hasta natural. Hay quienes dicen que en política la gente se mueve más por odios que por amores, más por rechazos que por adhesiones.

Emprenderla con el adversario fortalece la identidad con los "buenos", (nosotros). Más aún, el odio es un arma política (y social) muy poderosa. Al menos temporariamente. Y si no me creen, miren la práctica empleada de forma sistemática en países como Argentina, Irán o Venezuela, donde los gobiernos y las políticas se nutren de crear y avivar odios.

Mujica no ha optado por ese camino. Quizás lo hace sin darse cuenta. Lo dudo y, en todo caso, no importa: es mérito igual.

Y nada despreciable.

Para comenzar, hay sectores dentro de la izquierda vernácula para los cuales el odio o la animadversión juegan un rol muy importante e integran raíces muy profundas de su ideología y cultura. Ocurre desde hace muchos años, en aquellos movimientos políticos de cuño marxista-leninista, enancados en la visión odiosa de opresores y oprimidos, presos en clases homogéneas que sólo y necesariamente pueden enfrentarse y luchar.

A los que se suman otros grupos, con odios menos rancios pero para nada menos intensos, dirigidos a quienes participaron de la dictadura cívico militar.

Atraer a unos y otros fogoneando sus pasiones sería para el Presidente tarea muy fácil y no es que la ignore. Para una sociedad tan conservadora como la nuestra, anclada en una subcultura neobatllista rousseauniana, curtir viejas heridas y perjuicios es una papa.

También un juego por demás dañino.

Sin consensos no hay cambios duraderos y tengo para mí que a eso estamos condenados por los próximos años. Pero sería todavía peor que al estancamiento sumáramos la división, el encono político, la voladura de todos los puentes de la convivencia social y política.

En medio de sus errores y notorio es que en mi opinión abundan, el Presidente se ha cuidado de no perder el respeto y la urbanidad hacia sus adversarios (y no pienso sólo en los partidos fundacionales, que adversarios en la interna tiene a bocha).

Es un ingrediente fundamental para la estabilidad del sistema político y la gobernabilidad del país.

Notoriamente, si uno piensa en el siguiente gobierno, que no tendrá ni el viento económico a favor, ni las actuales mayorías parlamentarias. Gane quien gane, la capacidad del próximo gobierno para satisfacer las expectativas de la gente y, sobre todo, de las corporaciones (manijeadas a dos manos los últimos siete años) va a estar muy acotada y su poder de actuación también.

Pero, quizás, el Presidente está mirando algo más cerca: le quedan tres años; los dos transcurridos se han hecho muy largos y el mix corporativo de trancazo y rebatiña no da muestras de aflojar.

Hasta ahora el señor Mujica ha conseguido navegar en base a no enfrentar las olas, pero si se le reduce aún más esa singladura, tener puentes abiertos con la oposición puede tornarse algo muy importante.

Lo que tampoco implica un demérito para su actitud.

Muy encomiable. Justo es reconocerlo públicamente.

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