La distancia interna

JUAN MARTÍN POSADAS

La división interna de nuestro país, de la que he venido reflexionando, no es un tema menor. Hay poca literatura al respecto y, personalmente, no llego a hacerme una idea de todo lo que esa división incluye y supone. ¿En qué consiste esa división? ¿Cuáles son sus características? Parece decisivo insistir en lo que no es para luego tratar de esclarecer, de a poco y hasta donde se pueda, lo que esa división es y cómo es.

No es una división política entre los partidos fundacionales y el Frente Amplio, como señalé la semana pasada. Encaminarnos en esa dirección abre un camino fácil pero que lleva a explicaciones superficiales o interesadas. Tampoco, estrictamente hablando se trata de una división entre la gente de plata y la que no tiene. Las diferencias económicas han producido siempre y en todas partes del mundo visiones distintas de la vida, pero acá estamos tratando de desentrañar un fenómeno local y relativamente nuevo.

Finalmente, menos aún se trata de una división entre militares (y su proyecto de país) y guerrilleros (y el proyecto propio). Aunque quedan tupas y quedan militares no queda actualmente nada de ninguno de los dos proyectos: sólo recuerdos inútiles, funcionales únicamente a propósitos subalternos de rectificación interesada de la historia y de recolocación categorizada de roles (héroes y villanos) de parte de quienes todavía ven la vida en clave de película de cowboys.

Quizás lo que pueda ayudar a entender sea el análisis de un caso concreto y emblemático: me refiero a Tabaré Vázquez.

Propongo una lectura dirigida a los signos externos. La misma persona -el Dr. Tabaré Ramón Vázquez Rosas- es un exitoso empresario médico, que se presenta a su trabajo -aquí vienen los símbolos- de impecable túnica blanca, camisa de vestir y corbata, y que cuando actuó de gobernante, sea municipal o nacional, siempre vistió de traje. A la vez es un dirigente político que, en la tribuna, no usa saco ni corbata sino que se presenta con camisa sport y una campera berreta.

Este comportamiento se puede interpretar con malevolencia (es hipócrita, doble discurso) o con veneración (es un ídolo), pero por ese camino sólo se llega a una confirmación de los prejuicios de cada quien. Sigamos inquiriendo.

Vázquez nació en La Teja pero vive en el Prado, es un exitoso empresario de la medicina y goza de una situación patrimonial más sólida que la de cualquiera de los tres Presidentes que le precedieron: todo eso está a la vista y él no trata de ocultarlo.

Él, pienso yo, se sabe habitante de un Uruguay pero reconoce la existencia de otro Uruguay que le interesa, al cual quiere dirigirle la palabra y, cuando lo hace, se viste ad hoc. Ese otro Uruguay -más vacilante e inseguro de lo que dan a entender sus arrebatos- se siente reconocido por el Dr. Vázquez. Tabaré Ramón es una figura de peso en los dos Uruguay.

Dos salvedades finales. Primera: no hay que vestirse de nada para transmitir que se reconoce y se da lugar al interlocutor diferente; el tipo de saco y corbata que sinceramente busca entender al otro Uruguay que no es aquel que él habita, si lo siente de veras, será comprendido, bien recibido y escuchado. La segunda salvedad es la contracara de la primera: no hay maquillaje, por perfecto que sea, que tenga efecto duradero si no tiene detrás un componente de autenticidad en cuanto a la convicción de que hay dos.

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