Santiago | La discusión sobre un cambio al sistema electoral heredado de la dictadura de Augusto Pinochet tensiona al oficialismo, su mayor beneficiario, y pone en aprietos al propulsor de la reforma, el presidente Sebastián Piñera.
Siguiendo una pragmática agenda y el afán de mostrar una posición de estadista, fue Piñera el que puso sobre la mesa el tema -que no estaba en su programa-, al sondear una reforma electoral con los cuatro exmandatarios de centro izquierda que lo antecedieron.
Las reuniones, sostenidas con cada uno de ellos en la casa de gobierno, alimentaron expectativas en la oposición de sellar un amplio acuerdo para poner fin al sistema electoral binominal, que ha favorecido la conformación de dos grandes bloques políticos (de centro izquierda y derecha), dando igual valor en resultados electorales a un tercio que a dos tercios de los votos.
El sistema, definido como "un cáncer" para la democracia por el ex presidente socialista Ricardo Lagos, tiene un complejo de proporcionalidad que asegura la elección de un representante por cada bloque en cada circunscripción, lo que atenta contra las minorías que no se ven representadas.
Sin embargo, tras reunirse con los líderes del oficialismo, Piñera dio marcha atrás y anunció que la reforma se posponía, para priorizar lo social en 2012, acogiendo la posición de los sectores más duros de la alianza de gobierno, integrada por el liberal Renovación Nacional (RN) y la ultra conservadora Unión Demócrata Independiente (UDI).
Su decisión desató una fuerte tensión en el oficialismo. Los grupos más liberales amenazaron con quebrar el pacto y aliarse con la oposición para llegar a un acuerdo para una reforma. AFP