Valores, valores

Ignacio de Posadas

Hace algunas semanas, invitado junto con el Ministro del Interior a la Cámara de Comercio por la consternación que provocó una cadena de homicidios de comerciantes, el Jefe de Policía de Montevideo, explicó, con convicción y autoridad, que la policía puede vigilar y reprimir, con mayor o menor suceso, pero no puede curar una sociedad enferma, anémica de valores, cuya base, la familia, ha sido degradada y es, en vastas zonas de Montevideo, directamente inexistente. El Ministro, sentado a su izquierda, asintió reiteradas veces a lo largo de la exposición.

Menos días hace de similares declaraciones por parte de un policía cuyo comercio venía de ser asaltado por enésima vez.

Y, todavía más cerca, resuenan las palabras del Primer Ministro Cameron, luego de las asonadas y saqueos que dejaron absortos a británicos y no británicos. "Tenemos una sociedad enferma" dijo Cameron. ¿Enferma de qué? De ausencia de valores.

Tal parece que empieza a haber, tardíamente, cierta conciencia de que algo muy malo nos está pasando. Que ya no convencen las explicaciones económicas o ideológicas frente a fenómenos de inmoralidad, violencia y hasta brutalidad.

Pero todavía no hemos avanzado en la dirección de reconocer las fuentes de esos males, sus causas, los fenómenos profundos que las explican.

El Jefe Guarteche y el Primer Ministro Cameron apuntan en la dirección correcta: la desvaloración primero, erosión después y, por último, un masivo abandono de la institución familia son sin duda elemento central de la causalidad. Pero no lo agotan y, a la vez, el deterioro de la familia es consecuencia de otras causas.

Cuando el Jefe terminó de hablar no pude menos que decirles, a él y al Ministro, que debían plantear formalmente esa exposición a la interna del propio gobierno porque, en definitiva, el sistema educativo público es el principal proveedor de clientes para el Ministerio del Interior y la Policía. Bonomi volvió a asentir con la cabeza y el Jefe lo acompañó.

Las raíces van más hondo, a la vez que vienen de más lejos. Porque esta crisis y decadencia moral que vive nuestra sociedad no la inventó el Frente. Aunque sí la acompañó, nutrió, potenció y, últimamente, aceleró.

Los arranques comenzaron en el Uruguay, a comienzos del siglo pasado. "Móviles sociales" sin "ética… Mientras gobernó la primera generación… la carencia no fue notada. Pero a medida que los elementos heredo-cristianos se han ido volatilizando…" Así describía al Batllismo y su "denouement" Real de Azúa en "El Impulso y su Freno" (1964).

Algo parecido ocurrió en buena parte del mundo occidental, donde el modernismo y posmodernismo siguieron los derroteros del romanticismo, confundiendo el placer de sentirse liberado con la pérdida de los mojones del camino.

Primero en rebeldías y rechazos puntuales, luego negando una a una las premisas básicas, hasta llegar a considerar el bien propio superior a la vida y "hacer lo mío" más importante que el hombre.

Irónicamente, el último gran empujón histórico al relativismo egocéntrico que hoy predomina en nuestras sociedades vino con la caída del Muro de Berlín, suceso que se conmemoró hace poco. Porque con el muro también tiraron abajo a Marx, quien, con todos sus gruesos errores, si había algo que no toleraba era el relativismo.

Valores, valores, valores: aparecen cada día más personas que reconocen su ausencia e identifican con eso los males sociales de nuestro tiempo.

Hay que educar en valores. Hace falta la institución familiar para educar a los niños.

El problema es que los valores no se inventan ni se decretan. Los valores se perdieron porque se abandonaron las premisas que, precisamente, dan valor a "los valores".

Una gran amiga se molesta cuando me oye llegar a este punto del razonamiento, maliciando que es una "trampa catequista", una forma oblicua de hacer "propaganda fidei". Sí y no.

El camino racional de ver y evaluar la realidad conduce ciertamente hacia Dios, pero no es necesario llegar hasta ahí para cimentar al hombre y a la sociedad. Puede hacerse filosóficamente.

Pero entonces, con rigor y honestidad intelectual.

Si todo es relativo, no puedo quejarme de nada.

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