Disonancias demográficas

Fanny Trylesinski

Aún sin contar con los resultados definitivos del Censo de Población y Vivienda llevado a cabo por el INE a partir de septiembre de 2011, es posible extraer una primera conclusión: el número de habitantes será muy similar al que teníamos en 2004.

Sin embargo, de acuerdo a las proyecciones realizadas por dicho instituto en 2005, en este período debió verificarse un aumento de población cercano a 70 mil personas. Podía suponerse que no se llegaría a esa cifra, puesto que la tasa de natalidad registró desde 2005 un descenso algo mayor al proyectado por el INE. Si se corrigiera ese efecto las proyecciones bajarían en 9.000 personas. Aun así, se debió haber llegado a fines de 2011 con un aumento de población de alrededor de 64 mil personas.

Las tasas de mortalidad se mantuvieron en el orden que había sido proyectado por lo tanto la diferencia que surge es primordialmente explicada por una emigración neta muy superior a la prevista en las proyecciones. Es posible estimar dicha emigración en unas 100.000 personas en el período 2004 - 2011, es decir el equivalente al crecimiento vegetativo que hubiésemos tenido en el mismo período.

Dado que el ritmo de emigración fue similar al verificado en períodos anteriores, el problema surge de los supuestos muy optimistas que el INE realizó en 2006 al comienzo de la administración Vázquez. Quizás imbuidos del espíritu que se respiraba respecto a la llegada de "la era del cambio" pensaron que la emigración caería a la mitad en solo un año y se reduciría a un 25% en cinco años!

De más está decir que nada de eso sucedió hasta finalizado el año 2008 y solo por efecto de la crisis en los países desarrollados el fenómeno probablemente se detuvo en el último trienio. Nadie puede pensar en mejorar su situación laboral y de ingresos emigrando a España o a Estados Unidos (destinos muy preciados por los emigrantes uruguayos) cuando la tasa de desempleo en esos países se disparó a récords históricos.

Por lo tanto el resultado de tener una población estancada mucho antes de lo previsto por las proyecciones nos debería llamar a reflexión más que sorprendernos.

En ausencia de políticas públicas orientadas a mitigar los factores de expulsión de población joven, una recuperación de las economías desarrolladas pondrá el fenómeno de la emigración nuevamente en la agenda de problemas nacionales.

Lamentablemente este problema es complejo, no es patrimonio ni herencia maldita de ningún partido ni coalición política. Tiene un sello bastante característico del Uruguay. Un país que no logra colmar las expectativas de un conjunto importante de jóvenes que buscan y, en general, encuentran una inserción laboral y económica más satisfactoria en algunos países desarrollados.

Una sociedad que genera una fuerza expulsora de esta magnitud tiene evidentemente problemas graves. La tentación de operar sobre ellos con dineros públicos (expediente favorito de las últimas dos administraciones) está condenada al fracaso. Las señales que en diversas áreas han dado estos últimos gobiernos autoproclamados progresistas van además en la dirección equivocada. El desincentivo para los segmentos jóvenes, más capaces y capacitados es mayúsculo.

Es hora que los uruguayos empecemos a reflexionar en serio sobre la forma de desatar este nudo.

El desincentivo para los segmentos jóvenes, más capaces y capacitados, es mayúsculo.

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