Asaltantes elegantes

Álvaro Casal

Los uruguayos, vapuleados por las realidades criminales del país, ya tienen pocas esperanzas de que éstas cambien de rumbo. Erigen muros y rejas, colocan alarmas, contratan serenos, compran pistolas y aparatos que lanzan gas paralizante. No puede ser de otra manera ya que sujetos que descuartizan a sus progenitores, que matan por un puñado de pesos, que actúan enloquecidos por la droga, son noticia de todos los días. Crueldad, brutalidad, desprecio por la vida, resultan ubicuos.

Es por ello que ha sido un relativo alivio el anuncio de que en el apacible barrio de Colón, dos caballeros protagonizaron un asalto luciendo impecables trajes oscuros y esgrimiendo una escopeta recortada. Estos señores, de corbata negra y camisa rosada, que no mataron ni hirieron a nadie, lograron poner una nota diferente, de cierta elegancia, en la crónica policial.

Ha llegado el momento de apartar la vista de las novelas que nos daban un respiro frente a la inseguridad. Aquellas escritas por Georges Simenon o Agatha Christie y que nos mostraban que el delito puede tener un toque de distinción y no necesariamente circunscribirse a los arrebatos, rapiñas, copamientos y demás formas rústicas de actuar al margen de la ley. El asalto de los elegantes es otra cosa.

Antes, para encontrar un delito cometido a punta de escopeta recortada, oculta bajo una gabardina de buena marca, había que internarse en las páginas escritas por Sir Arthur Conan Doyle y hallar "El valle del miedo" donde Sherlock Holmes medita largamente hasta que desentraña un homicidio cometido con una escopeta así, en una mansión casi inaccesible, rodeada por un foso. Para delincuentes de etiqueta, tal vez el mejor sitio donde hallarlos era en los escritos de E.W. Homung, un cuñado de Conan Doyle que ideó el anti-Holmes: un "gentleman" ladrón, de impecable atuendo, llamado Arthur J. Raffles que vive en Albany, alterna con la alta sociedad, juega al cricket y vive del producido de robos ingeniosos. Como Holmes, Raffles llegó al cine. En su caso, encarnado por David Niven, tan apto para el papel como Cary Grant en la inolvidable farsa "Para atrapar al ladrón".

Pero volvamos al caso de los elegantes de Montevideo, quienes hace pocos días, a primera hora de la tarde tocaron timbre en una sucursal del Banco de Seguros del Estado. Había guardias de seguridad pero éstos no pensaron que el dúo trajeado de negro podría albergar malas intenciones. Por lo tanto les franquearon la entrada. Uno sacó a relucir la escopeta y el otro se aplicó a inmovilizar a los cinco empleados. De la caja no exigieron demasiado: se llevaron 40 mil pesos. Tres minutos después estaban otra vez en la calle, diluidos en la masa humana circulante. De los pocos que los avistaron, uno, vecino de la zona, dijo lisa y llanamente que no tenían "pinta de chorros" y que "estaban muy bien vestidos, es más, parecían tipos laburadores y todo".

El tema de los disfraces para cometer delitos es algo de todos los lugares y de todos los tiempos. Hace varias décadas hubo un nunca aclarado asalto a un banco de Malvín, donde dos ladrones armados con revólveres, se salieron con la suya porque iban vestidos de monjitas. En tiempos recientes ha sido un recurso reiterado el que en Uruguay los ladrones simulen ser policías. Pero lo de los trajes y corbatas de sobrias tonalidades es novísimo. ¿Habrán leído los protagonistas alguna escapada de Raffles?

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