FRANCISCO FAIG
Ya hubo episodios trágicos -como los tres crímenes que protagonizó el menor apodado "el Pelón"- que preocuparon a la ciudadanía. Ya hubo 350.000 firmas presentadas al Parlamento. Pero el asesinato de un trabajador de La Pasiva por parte de un menor de edad fue la gota que derramó el vaso.
La reacción de la izquierda desde el poder y desde sus líderes de opinión deja perplejo. Algunos la han emprendido contra los medios de comunicación, por repetir 48 veces la filmación. Piden responsabilidad, sin querer enterarse de que son las redes sociales las que han oficiado de formidables propagadores del video -y allí no hay ninguna "conspiración de la derecha"-, ni querer entender que la gente no está angustiada por lo que ve en la televisión, sino por lo que pasa en la realidad de su vida cotidiana. Otros, la han emprendido contra los manifestantes del lunes 14 frente a presidencia. Resulta que politizaron su protesta y respondieron así a un sector del Partido Colorado. No quieren entender que nadie de las 2.000 personas de clase media que allí se dieron cita estaba pensando en partidos y elecciones, sino que, francamente, demostraron su indignación en un ambiente de congoja porque el miedo es cotidiano y se acabó la convivencia civilizada. Y los hay, finalmente, cuyo reflejo es recurrir al pavloviano argumento (que en realidad ya no convence a nadie), de que todo esto es consecuencia de la herencia maldita: desde el "neoliberalismo de los noventa", hasta "la pasta base que entró en la administración Batlle".
Es que la izquierda, como un adolescente caprichoso, no quiere asumir sus responsabilidades gobernantes que son la causa de esta situación de desamparo.
En 2005 la oposición planteó al gobierno de Vázquez la urgente necesidad de construir cárceles a través del mecanismo de concesión a privados, porque en aquella circunstancia ya se sabía que la evolución prevista de la población carcelaria haría inevitable un futuro mayor e insostenible hacinamiento. Nada. La ceguera ideológica estatista lo impidió. Hoy, luego del reciente motín, tenemos cárceles completamente desbordadas.
Desde 2005 se preveía el aumento radical del consumo de pasta base. Varias iniciativas parlamentarias de la oposición para enfrentar mejor este flagelo no han sido consideradas por la mayoría de izquierda. Hoy, para generar políticas públicas adecuadas en salud pública y en seguridad, ni siquiera tenemos cifras fidedignas sobre la cantidad de adictos en el país.
Desde 2005 se multiplican los diagnósticos que señalan que la educación de los más pobres es la peor del país y que la solución no pasa solamente por poner más plata. Nada. La ceguera sindical- frenteamplista impide todo cambio sustancial. Hoy, seguimos con la tilinguería de los congresos educativos y con las declaraciones vacuas a lo Ehrlich, a la vez que se sigue reproduciendo, desde la educación pública, una insolente desigualdad social que nos asegura un futuro envenenado para todos, con miles de individuos marginados de la nueva economía.
Para hacer frente a la inseguridad, se apunta a la complejidad del problema y se reclama la unidad del sistema político. Como con la educación, eso es verdad. Pero también es cierto que ya es tiempo de que la izquierda se haga cargo de una buena vez por todas de sus responsabilidades, y asuma que sus políticas han fracasado rotundamente.