El FA y los menores

WASHINGTON BELTRÁN STORACE

Para el Frente Amplio, a partir de los 14 años, simplemente por el hecho de tener esa edad y sin ningún otro requisito, están en condiciones de participar activamente en la vida política del país y tomar decisiones tan trascendentes como votar en las elecciones internas de autoridades de ese partido. Es una gran responsabilidad que se les asigna a estos chicos: se les considera maduros, aptos para elegir dirigentes que tendrán un peso decisivo dentro de la política nacional porque serán parte del Plenario, ese órgano supraconstitucional para los frentistas que resuelve, toma decisiones y obliga a sus miembros más allá de sus convicciones o mandatos surgidos de los comicios nacionales. El Plenario del Frente Amplio tiene para el conglomerado -que goza de mayoría automática en el Parlamento- mayor importancia que las decisiones emanadas del pueblo, como quedó de manifiesto en la anulación de la ley de Caducidad. Tanto el Poder Legislativo como el Poder Ejecutivo están impedidos de enmendar una resolución del Plenario, que sí puede enmendar una (o dos) decisiones surgidas de consultas ciudadanas. El Plenario está por encima de todo. Ninguno de los mecanismos constitucionales que racionalizan la relación del Legislativo con el Ejecutivo, alcanza al Plenario. Una institución que no existe en la Constitución puede más que la democracia directa. Esta afirmación no requiere prueba, es un hecho público y notorio. (Carlos Maggi, El País, ¿Qué es el Plenario del Frente Amplio?, 15/05/2011).

El FA considera a los mayores de 14 años como plenamente responsables, con capacidad y en pleno goce de uno de los principales derechos de los ciudadanos como es el de votar para elegir a ese grupo "superior". Nadie puede pensar que se asuma un criterio que, llevado al extremo lógico, permita posteriormente tachar a los jerarcas partidarios como producto de la decisión de un grupo de jóvenes inimputables con el argumento de su corta edad.

Si el Frente Amplio piensa así para el destino político de nuestro país ¿a qué santo se rasga las vestiduras, se indigna y se retuerce porque otros actores políticos plantean rebajar la edad de imputabilidad a 16 años (no a 14)? Si entiende que los jóvenes tienen capacidad de discernimiento para elegir a quienes habrán de conducir el partido que maneja el país, ¿no sería lógico pensar que también tienen capacidad de discernimiento para decidir sobre el contenido de sus acciones cuando estas van contra la integridad de terceros?

La respuesta es muy obvia porque la incoherencia es flagrante, por "unanimidad" podría decirse, lo que lleva a pensar que en ninguno de los dos casos hay una actitud de respeto a principios, sino que se mueven en el pantanoso escenario del oportunismo político o de la política barata. En el Derecho Penal emplean la careta de la cuestión social, de la marginación por la sociedad, de que son producto del capitalismo y de la crisis de hace 10 años, que los menores que delinquen son las verdaderas víctimas del sistema y hay que protegerlos y reeducarlos, aunque hasta ahora no sabemos cómo ni dónde. En las elecciones internas les gana la desesperación por una baja votación que pueda significar un duro revés político. Cualquier cosa sirve para que los números puedan esconder una realidad de rechazo o indiferencia y así habilitan a los menores y abren mesas que ellos solo controlan, en la kirchnerista Argentina. Ya no se trata simplemente del doble discurso; estamos en presencia del todo vale y que las convicciones y los principios pueden quedar relegados porque la "causa" así lo manda.

En lo personal soy contrario al proyecto de reforma de la Constitución para bajar la edad de imputabilidad. Hace cuestión de un año escribí una columna con el título de "La Constitución es inocente", porque pienso que el problema no está en las disposiciones de la Carta sino en la incapacidad del gobierno. Como también pienso que el FA con su normativa para las internas le ha dado un formidable espaldarazo a los sectores políticos que impulsan la reforma. Ha reconocido la validez de sus principales argumentos (capacidad de discernimiento); ha borrado, simplemente por una cuestión electoral interna, todo el discurso que tan bien había caído en determinados grupos sociales y religiosos, incluida la Iglesia Católica y han dejado en ridículo a los esperpentos demagógicos como el que ensayó el dirigente comunista Gabriel Molina durante el acto del 1° de Mayo, cuando proclamó: "Nosotros vamos a apostar a otra cosa, a incorporar a esos jóvenes al mundo del trabajo, no mandarlos presos solamente por ser jóvenes".

El Frente, ahora, los ha mandado presos.

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