Un balance preocupante

Francisco Faig

En tiempos de balance de fin de año muchos recurren a los grandes libros para poner en perspectiva lo ocurrido en estos doce meses. El evangelio de San Mateo en particular, tiene un pasaje que nos puede ayudar en esta tarea: la parábola de los talentos.

En aquel tiempo un hombre que se iba al extranjero llamó a sus siervos y les encomendó su hacienda, repartiendo entre ellos distintos talentos. Todos los aceptaron y multiplicaron sus frutos; salvo uno que, por miedo, cavó un hoyo en la tierra y escondió lo recibido. Cuando llegó el tiempo de balance, su señor lo reprendió por no haber producido nada con su talento. Habiendo tenido la posibilidad de hacer un bien, el siervo pecó por omisión, pereza y dejadez, despreciando el talento regalado.

En este 2011 que se está apagando, hemos vivido, como sociedad, de forma muy parecida a ese siervo que no hizo fructificar su talento. Desde hace años sabemos cuáles son las reformas que precisamos llevar adelante para asegurar rumbos de prosperidad colectiva. Sin embargo, somos una sociedad envejecida y conservadora que prefiere, perezosamente, buscar las soluciones en el pasado. Como un destino inevitable, pasamos nuestro tiempo mirando hacia atrás, y derrochamos energías intentando recomponer el Estado benefactor de la idealizada época de Maracaná.

Así, en vez de aprovechar el regalo de vientos internacionales que siguen trayendo la mejor coyuntura económica de la que se tenga memoria, hemos escondido nuestra voluntad de cambio en temas esenciales como, por ejemplo, la reforma del Estado. Pecamos de omisión, y no nos decidimos a mejorar sustancialmente, tampoco, nuestras políticas públicas en seguridad y en educación. Como la cigarra en verano, hemos cantado al sol sin pensar en un invierno que llegará más temprano que tarde, y que, como siempre, golpeará más a las clases populares que a las acomodadas. La parábola de los talentos termina con un duro castigo: "a ese siervo inútil, echadle a las tinieblas de fuera. Allí será el llanto y el rechinar de dientes".

La fractura social se consolida; las nuevas generaciones populares crecen sin expectativas de futuro con progreso social; las clases medias se encierran y protegen contra la hostilidad de ciudades cada vez más inseguras. Pero, se sabe con solo mirar en nuestro derredor latinoamericano, el infierno de las tinieblas puede ser aun más desesperanzador y violento que el que ya sufre nuestro provinciano país.

¿Puede haber perspectivas de un futuro mejor? Sí. Para ello, como enseña San Mateo, precisamos ser fieles a los talentos recibidos y enfrentar el miedo al cambio que nos lleva a enterrarlos. Hay que terminar de una buena vez con el país onanista que apuesta por ser de primera pero que, en el mismo acto, calla su espíritu crítico que hace tiempo reconoce que se perdió el rumbo gubernativo. Hay que exigir calidad, en vez de preferir mirarse, con ojos complacientes, en el espejo tranquilizador del horror del populismo latinoamericano.

Asumamos, por tanto, que vivimos una coyuntura excepcional. Y desde allí, tengamos la responsabilidad política de liderar reformas que son ya tan imprescindibles como urgentes, si es que efectivamente queremos un país en el que sea posible realizar nuestros proyectos de vida.

Dios quiera que el 2012 no sea ya tarde para empezar. Y que todavía queden talentos.

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