LA BITÁCORA
Parecen los brotes de una primavera rusa. Las multitudes se atrevieron por primera vez a ganar las calles contra el primer ministro y expresidente Vladimir Putin. Las trampas operadas en los últimos comicios detonaron las masivas protestas contra el zar republicano que reconstruyó la autocracia, tan tradicional en Rusia.
Por momentos se respira el presagio de movimientos como la "Revolución Naranja", que derrotó el fraude contra Viktor Yuschenko en Ucrania; la "Revolución de los Tulipanes", que derribó al dictador Askar Akayev en Kirguistán, y la "Revolución de las Rosas", que le impidió a Eduard Shevarnadze consolidar un liderazgo despótico en Georgia. Esos temblores que derrumbaron autocracias en la periferia rusa, empiezan a insinuarse en Moscú.
Hasta ahora, los rusos reconocieron en el exespía del KGB, al líder que reconstruyó la autoridad presidencial y el Estado, después de la debacle soviética con Mijail Gorbachov y del desgobierno de Boris Yeltsin.
Con Vladimir Vladimirovich Putin, Rusia había recuperado también su autoestima, derrotada por los mujaidines afganos y por los independentistas chechenos. También había recuperado poder en la región y una posición vigorosa en el mundo.
Pero Putin se convirtió en dueño absoluto del poder y las instituciones. A su sombra creció un empresariado enriquecido obscenamente y un vasto aparato mediático dedicado a alabar al gobierno y denostar a sus críticos y adversarios. Muchas empresas que accedían a millonarios contratos con el Estado, compraban diarios, radios o canales de TV a pedido del Kremlin, para poner a su servicio las líneas editoriales. Y como agente que fue de la inteligencia soviética, usó los servicios de espionaje contra opositores, empresarios insumisos y periodistas críticos.
Ese modelo de autocracia electiva inspiró al modelo chavista en Latinoamérica; con una mirada binaria y maniquea fracturando la sociedad, para que la porción mayoritaria excluya a la minoría que disiente. Por eso hubo fraude en estos últimos comicios, a pesar de que el oficialismo había ganado sobre una oposición impotente y fragmentada.
El partido de Putin se impuso y logró mantener el control sobre la Duma, pero sacó mucho menos del cincuenta por ciento. La adulteración del resultado ocurrió porque los regímenes "mayoritaristas" necesitan ostentar precisamente eso: mayorías. Y si no la tienen, la inventan.