LA COLUMNA DE PEPE PREGUNTÓN
Se fue el 2011. Y con él otro año en el que los uruguayos, más que trabajar para transformar el presente y poner los cimientos de un mejor futuro, pasamos más tiempo del recomendable mirando hacia atrás y hablando del pasado.
Por lo pronto, en 2011 los uruguayos pasamos mucho tiempo hablando de un "pasado reciente" que, en realidad, ocurrió hace casi cuatro décadas. Lo mismo había sucedido en 2010. Y sucedió antes. De hecho, desde el regreso a la democracia en marzo de 1985 el tema de las violaciones a los derechos humanos durante la dictadura no ha dejado de estar en lo más alto de la agenda política del país.
¿Está mal que un país destine tantos años y tanto esfuerzo a mantener en alto la bandera de la defensa de los derechos humanos? Uno tiende a pensar que nunca es suficiente cuando de preservar ciertos valores se trata. El problema comienza cuando los únicos derechos humanos que importa preservar y defender son los de un grupo de ciudadanos, o los que fueron conculcados en determinado momento histórico y por determinadas personas, y no los derechos humanos de todos por igual. Y eso, precisamente, es lo que está sucediendo en Uruguay.
¿O es que a alguien le interesan acaso los derechos humanos de los niños que, sin importar el frío, la lluvia o los riesgos del tránsito, son enviados por sus padres y madres a pedir dinero en los semáforos?
¿O es que a alguien le importan los derechos humanos de los escolares y liceales a los que el Estado está ofreciendo una educación de pésima calidad y por tanto condenando a un futuro comprometido, sólo porque quienes deben hacerlo no se animan a hacer lo que hay que hacer?
¿O es que a alguien le preocupa los derechos humanos de las personas que se atienden en salud pública y son rehenes de la ineficiencia oficial, de los corporativismos médicos y de las rebeldías sindicales de turno?
¿O es que a alguien le alarma la violación a los derechos humanos de los niños por nacer, condenados por una ley aprobada casi sin debate que da luz verde al aborto en el país?
¿O es que no tienen derechos humanos que merezcan ser preservados quienes a diario se ven avasallados por una delincuencia creciente, que ya no respeta nada, y que ha costado la vida a muchísimos uruguayos? ¿Acaso sólo tienen derechos humanos los delincuentes, los asesinos, los rapiñeros, los copadores, los desnudistas y los arrebatadores, y no las víctimas de esta ola de criminalidad que sólo parece crecer sin que nadie sepa cómo detenerla?
Enarbolar la bandera de los derechos humanos es siempre una buena causa. Pero quienes lo hacen no pueden seguir proclamando con sus actitudes que hay algunos derechos que son más humanos que otros. Todos deberían ser defendidos por igual y merecer la misma preocupación, atención y esmero.
Es posible trabajar para encontrar salidas para todos estos problemas, que afectan el presente y que comprometen el futuro. Sólo hay que proponerse no vivir únicamente mirando al pasado.
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