Novedad en Navidad

REBAR

El gato no tiene buena prensa: en cada comparación con el perro, pierde por lejanía. Así, cuando se le incluye en expresiones que han quedado indeleblemente grabadas en el lenguaje popular, se le presenta impotente para alcanzar las loas que logra su competidor como mascota hogareña. Toda vez que se dice de dos individuos que viven en permanente discusión, "se llevan como perro y gato", se le acusa de haber sido el promotor del incidente; para minimizar al máximo la triste figura de un sujeto con falta de espíritu y vaciedad de recursos, no se encuentra mejor fórmula para calificarlo que empleando el "es un pobre gato"; y al instante de juzgar conductas para con el amo, surgen las abismales distancias entre un can alegre que lo festeja en cada retorno a casa, dando saltos y moviendo la cola, y la pasiva recepción del gato, que acusa cierta indiferencia ante la renovación de esa presencia prefiriendo pasear de la cocina al living y viceversa, mostrando su estética de felino de bolsillo, apenas matizada con un mohín de su morro dedicado al patrón.

El perro -se prosigue exaltándolo- está habituado a exhibir en plena vía pública, su desaforada pasión por la cachorra del barrio: lo hace con total franqueza, sin el mínimo asomo de rubor; el gato, en cambio, se disfraza de galán noctívago, y sale a buscar el amor por los tejados al amparo cómplice de las sombras.

Por todo esto, es que cuando al gato se le ofrece la oportunidad de bajar tantas "contras", destina una de sus siete vidas (¡qué hazaña la suya, frente a quienes podemos sobrellevar apenas solo una!) a aprovecharla como corresponde. Ahora, por ejemplo, atento a las fotos publicadas días atrás en El País, debutará como elemento decorativo incorporado a la festividad navideña. Luciendo un gorro semejante al popularizado por Papá Noel, podrá acercarse al tradicional arbolito para olfatearlo como siempre lo ha hecho, agregando a sus tiernos maullidos un deseo de "Feliz Navidad".

Aquello de la bolsa de gatos está a punto de desaparecer definitivamente, por su ascenso a la canasta familiar de la Noche entre las Noches, en que se aguarda el nacimiento milagroso y todo lo terrestre se torna celestial. En ese clima de armonía disfrutará junto a niños y adultos, sin perder su serenidad -como no pasará con el perro- que responderá con ladridos a cada timbrazo de parientes, amigos e invitados. Y para colofón de su participación activa en la celebración, con su asombrosa agilidad podrá ayudar al deslizamiento de Papá Noel por la chimenea, algo que cada año le cuesta más al querido panzón.

Y ojalá disfrutemos todos de una Navidad dichosa, con o sin gato. Son mis sinceros deseos.

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